Opinión

EDITORIAL

Una discusión que no se agota

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La polémica sobre el cambio climático todavía no alcanza la cima de la ola, y probablemente deban ocurrir muchos otros eventos meteorológicos para que la humanidad cobre plena conciencia sobre el papel que debe representar para preservar de la mejor manera el único lugar que tiene para habitar. Aunque existen eventos que constantemente envían avisos sobre muchas alteraciones que afronta el globo, son millones de personas las que siguen inmutables ante esos fenómenos.

Hace apenas dos semanas, la humanidad presenció en un territorio muy cercano a Guatemala la llegada del que fue calificado en ese momento el mayor huracán del que se tenía registro. Ciertamente, Patricia, un meteoro de categoría 5, tocó tierra en México, con vientos superiores a los 325 kilómetros por hora, lo que lo hacía uno de los más destructivos por su intensidad. La prevención y la geografía también contribuyeron a que los daños no fueran tan lamentables.

Pero existen muchos otros eventos que nos recuerdan la fragilidad de la vida en este planeta. Cada año, los científicos se encargan de reportar la evolución del clima en los polos de la Tierra, e invariablemente se alerta sobre el agujero que se ubica en la capa de ozono al norte del planeta. En realidad, es un adelgazamiento en la capa de gases que funcionan como una serie de filtros protectores, que se formó a lo largo de millones de años y que básicamente permite la existencia de la mayor parte de formas de vida.

El dato cobra especial importancia cuando se reporta que vientos o tempestades solares podrían haber destruido la atmósfera de Marte, una condición que en todo caso hace imposible la vida, por lo menos como la concebimos desde este planeta vecino, que se ubica a una distancia que puede oscilar entre los 90 y los cien millones de kilómetros, y que ha sido ampliamente estudiado por varias misiones espaciales.

Lo cierto es que el ser humano todavía no tiene plena claridad sobre cómo evolucionan los planetas y qué factores determinan la sostenibilidad de la vida. Lo que sí es cierto es que mucho de lo que ocurre en otros astros sucede de manera natural, mientras que en nuestro caso tenemos demasiados contrasentidos en la vida cotidiana como para pensar seriamente en el futuro de este planeta, principalmente cuando la supervivencia, sometida a los avatares del consumo, no deja mucho lugar para la conciencia ambiental.

No obstante, Guatemala es uno de los pocos países que todavía conserva algunos ecosistemas valiosos, a pesar de la destrucción emprendida por ciertas agroindustrias, la ganadería y también la minería. La timorata actitud de las autoridades ambientales tampoco aporta mucho a la lucha, pero aún hay tiempo de rescatar lo poco que queda para bien de las próximas generaciones.

Ante un panorama que sea desolador, cobran vigencia las palabras del gran oceanógrafo francés Jacques Cousteau: “Si fuéramos lógica, el futuro sería sombrío, de hecho. Pero somos más que lógica. Somos seres humanos, y tenemos fe, y tenemos esperanza, y podemos trabajar”.