Opinión

Registro akásico

Vulgar exhibición de la higa

Antonio Mosquera Aguilar

Antonio Mosquera Aguilar

La higa o figa es un amuleto generalmente hecho de azabache, que representa un puño cuyo pulgar se encuentra entre el dedo medio y el anular. En la antigüedad, era la invocación de la madre primigenia ibera Ataegina. Los romanos lo incorporaron en su extenso sistema de señas.

El talismán se utiliza para ahuyentar el mal de ojo, así como es una defensa contra cualquier maldición.

Galicia era una gran productora de estos amuletos desde la época romana, y especialmente en la Edad Media, con el auge de Santiago de Compostela. Los variados materiales para fabricarlos deben admitir la rotura. El quiebre indica que cumplió su cometido al proteger a su dueño.

Durante la Colonia, el amuleto fue de uso corriente entre los “criollos” y peninsulares. Cuando había sospecha de un conjuro, el acusado debía tocar el amuleto y decir “bendiciones de Dios”. Los recién nacidos suelen llevar uno, a veces de coral, para evitar daños por las “miradas fuertes”.

El amuleto adquirió connotaciones sexuales, al competir con la jamsa o mano de Fátima y con la higa celta, consistente en el puño con el dedo medio elevado. La mano de Fátima era claramente bondadosa para musulmanes y judíos, que la llamaron mano de Miriam. Los otros amuletos eran impúdicos, pues el dedo sobresaliente se podía asociar al pene.

Al abandonarse los comportamientos supersticiosos, la higa adquirió un carácter obsceno, pues el significado sexual dado por los musulmanes predominó. Cuando una persona no tenía dinero, como la mayoría de “criollos”, se recurría a efectuar el gesto con la mano para evitar una desgracia o servir de escudo frente a una maldición. De esa cuenta es equivalente a “jódete”. Entre un hombre y una mujer se supone que es una invitación a follar.

En estos días, el signo ha sido ostentado innumerables veces por el vicepresidente Jafeth Ernesto Cabrera Franco. El funcionario, médico y cirujano, estudió en el Hospital Metodista de Dallas, Texas, cirugía de vías biliares y es máster en Administración Hospitalaria. Integró el Consejo Superior Universitario; luego, en 1990, decano, y de 1994 a 1998 fue rector de la Usac. Su desempeño académico se encuentra por encima del promedio de médicos y ha tenido inquietudes deportivas. Así, pues, es totalmente inexplicable su actuación vulgar, dado el puesto para el que fue electo.

Además de este apunte con implicación política, es notable la pérdida cultural a que se enfrenta la sociedad. Aparentemente, los antecedentes que se han citado referidos a un signo gestual no son de conocimiento de la población. Pues para referir la higa, no se sabe de dónde, ha surgido la connotación de llamar a ese signo “ojitos de cangrejo”. ¿Por qué la zoo-definición?

Evidentemente, como el cangrejo, la cultura camina hacia atrás. Ni de lo vulgar, es consciente la población. Necesita reinventar los nombres de utensilios de cocina, albañilería, herrería, zapatería etc. Para no hablar del vocabulario en computación.

Las horas ocupadas frente a la televisión impide que los niños amplíen su acervo de intereses. La juventud no puede conseguir que sus iniciativas se conviertan en propuestas sociales porque no se financia la oferta cultural por los canales de comunicación social.

Jacobo Feijóo, en La fábula de la palabra perdida, desarrolla una novela cuyo asunto consiste en que los empleados de La Gran Biblioteca del Logos encuentran que una palabra desapareció y por lo tanto solo se tiene el concepto, la idea, pero no el nombre. La moraleja es que hay fábulas sin enanos ni animales, a veces es más fácil encontrarlos en puestos de gobierno.

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