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Guatemala, 31 de Enero de 2000

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Opinión

EL QUINTO PATIO
Todo lo que callamos

El silencio, la autorepresión y la creencia de que callar es mejor para convivir, es un código que ha marcado nuestra conducta y amenaza a las generaciones más jóvenes.
Por: Carolina Vásquez Araya

Puede ser un simple pensamiento: "estás equivocado". Sin embargo, esa frase que nos parece tan cotidiana y banal es una de las más difíciles de pronunciar, porque después hay que dar explicaciones y eso -como una amenaza intangible que lleva implícita la derrota- es para la mayoría de nosotros, el símbolo del conflicto.

Hay que conocer las consecuencias del silencio, sobre todo si callar se convierte en una actitud ante la vida y ante los demás, como una táctica para defender nuestro espacio personal. Sin que nos percatemos de ello, durante la vida diaria y entre las personas que constituyen nuestro círculo más íntimo, optamos por cerrar las vías de comunicación formal, como son las palabras, permitiendo que emerjan otros lenguajes que, en lugar de traducir nuestro pensamiento tal como es, bloquean la relación y confunden el mensaje.

Volvamos a la infancia. Sin pretender que fuera la época de la comunicación perfecta, ya que no puede haber una comunicación adecuada sin conocimiento, sí se puede afirmar que existía la espontaneidad. Sin embargo, los grandes esfuerzos que un niño realiza para comunicar sus sentimientos y sus reflexiones con cierta coherencia, son acallados y reprimidos a través de conceptos tan sofisticados e inexplicables como la etiqueta, la buena conducta, la discreción o el respeto, todas ellas mordazas destinadas únicamente a convertir a la sociedad en un inmenso contingente de seres hipócritas o, en el mejor de los casos, de personas que guardan tanto que terminan por construirse un mundo aislado en el cual viven a solas consigo mismas.

Esta es una realidad de conflicto social, igual que una guerra. Las relaciones entre los integrantes de la sociedad están minadas por el silencio y por la prohibición de hablar claro. El lenguaje articulado, aquel que nos diferencia de todas las otras especies vivas sobre el planeta, ha dejado así de ser una ventaja del mundo civilizado, pasando a constituir un elemento neutro, si no destructivo, porque se utiliza al revés: no para decir lo que es, lo que creemos y lo que nos consta, sino para sugerir lo que no es y ocultar la verdad de nuestro pensamiento.

Casi como en el País de Alicia, estamos entrampados en una retórica sin fundamento y en la emisión de mensajes falsos que llevan a la gente a actuar en forma equivocada y, finalmente, a no creer ni siquiera en sí misma.

La única salida es, justamente, la que parece más obvia y más fácil. Decir las cosas tal como son, sin temores, sin la coacción de una sociedad reprimida hasta el límite, sin la imposición del silencio como única forma de convivencia.

A partir de ahí, quizás sea posible ejercer el dominio pleno de la vida, tanto de la personal como de la colectiva -tal cual como deberían ser- con el derecho legítimo y la decisión de expresarse libremente y partir de ese punto hacia la construcción de una vida auténticamente pacífica, democrática y con esperanzas de desarrollo.

 

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