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XOKOMIL Idea descabellada
A diferencia de su antecesor, que se declaraba idiota en el tema económico, Portillo no puede pretender que ignora el nefasto efecto de un aumento generalizado de salarios.
Por:
Dina Fernández
Menos mal el Congreso está por decir no y mandar a Alfonso Portillo a comerse una a una sus palabras.
Es lógico que la bancada del FRG se negara a aprobar un aumento de salario generalizado. Todavía resuenan en mi memoria las críticas demoledoras que él mismo lanzaba contra el candidato panista, Oscar Berger, cuando este último ofrecía en campaña que aumentaría los salarios en la administración pública y la iniciativa privada.
En aquellos días, las promesas de Berger se interpretaban como un alarido patético de desesperación. Cualquiera con dos dedos de frente debía rendirse a la evidencia y darle la razón al candidato opositor cuando señalaba la demagogia de los panistas.
Sin embargo, a dos semanas de la toma de posesión, el nuevo mandatario ha terminado por adoptar la idea más descabellada de su rival: enviar al Congreso una iniciativa de ley para ordenar un aumento de Q200 a todos los guatemaltecos.
Esto sólo confirma que en el despacho presidencial invariablemente emanan gases que le nublan el entendimiento a cualquiera que llega a sentarse en esa silla.
Nadie duda de que la propuesta de Portillo está cargada de buenas intenciones, pues la economía familiar de los guatemaltecos se ha vuelto motivo de desesperación. Pero un decreto como el presentado, lejos de estabilizar la economía terminará de enviarla a pique con más desempleo e inflación.
Aquí urge que el presidente y su equipo más cercano recuperen la sensatez. Cerebro llamando a estómago: la campaña ya terminó. Ahora se trata de tomar decisiones que encarrilen al país por el camino correcto.
A lo largo del año pasado, mil veces repitió Portillo en diferentes foros que una de las principales causas de la crisis estribaba en la pérdida de confianza de los agentes económicos, motivada por la carencia de una política congruente e integral y a la vez, por las "ocurrentes" declaraciones de las más altas autoridades del país en torno al tema.
Pues bien, el nuevo presidente, con sus reiteradas amenazas de "cambios y sorpresas", alimenta la incertidumbre prevaleciente desde que se desató la crisis, más o menos a finales de 1998.
De hecho, cabe preguntarse si la iniciativa del aumento salarial va en serio o si se trata simplemente de una estrategia de negociación frente a la iniciativa privada.
Por desgracia, en ninguno de los dos casos puede resultar atinada.
Veamos. Si en realidad el presidente quiere mejorar la calidad de vida de los guatemaltecos, está probado que la forma de hacerlo no es por decreto. En la recesión que actualmente padecemos, un aumento generalizado es impensable.
Quizá algunas empresas fuertes lo puedan aplicar sin tambalear, pero son las menos. Los recortes de personal han sido la regla invariable desde el año pasado. Un aumento obligado sólo empeorará la situación, enviando a la quiebra a medianos y pequeños empresarios y por ende, al desempleo a miles de personas.
Por otro lado, todavía no ha nacido el magnánimo empresario que reste de sus utilidades un incremento como ese en los costos de producción. Lo que va a suceder, si pasa la ley, es que los empresarios subirán los precios de sus productos. ¿Qué va a hacer entonces el Gobierno; poner precio tope a todo? Los democratacristianos, amigos del mandatario, le pueden narrar su fracaso en ese campo.
Ahora bien, si Portillo quiere enviar mensajes elocuentes a la iniciativa privada, ha empezado en forma muy arriesgada.
No funciona convocar por un lado al Pacto Fiscal y al de Gobernabilidad y al mismo tiempo meter un gol como ese.
El presidente ha comenzado el partido con los tacos por delante. Esa actitud confrontativa no va a generar buenas voluntades en la supuesta búsqueda de consensos nacionales. Está visto que los capitales son la materia más volátil que existe y la actitud de Portillo, lejos de promover la inversión en Guatemala, la desalienta.
Lo más triste de todo es que el predecesor de Portillo podía declararse "idiota" en el tema económico y hacer caso omiso de las críticas con tal de manejar el país como su finca particular. Pero con el actual mandatario, uno tiene la certeza de que entiende cómo funciona la economía.
Así que si Portillo se obstina en tomar decisiones a todas luces equivocadas -como aumentar los salarios por decreto o cederle el control total de las finanzas del país a su "cuate" el banquero- sólo caben dos explicaciones: que es rehén de componendas e intereses particulares o que irremediablemente se le zafó un tornillo.
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