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LA BUENA NOTICIA La gente sencilla
Ante Dios no valen alcurnia y riqueza. Cuenta la condición humana, que comparten por igual ricos y pobres.
Por:
Mario Alberto Molina
Hoy leemos en la iglesia el hermoso texto en el que Jesús alaba a Dios porque ha revelado a la gente sencilla el conocimiento de su persona y la experiencia de la salvación, pero ha ocultado esas cosas a los sabios y entendidos (Mt 11, 25-30). En esa alabanza de Jesús se manifiesta una de las paradojas del cristianismo.
Cualquier movimiento, agrupación o asociación que quiera demostrar su calidad ofrece como credenciales su capacidad de atraer como miembros a la gente respetable de la sociedad: a los intelectuales, a personas de renombre, a los dirigentes políticos, a los que cuentan y son algo en este mundo.
El cristianismo en su origen y en sus momentos de mayor autenticidad ha hecho precisamente lo contrario. Ha descalificado toda pretensión de hacer valer esas prerrogativas en el ámbito de la fe y de la relación con Dios.
Ciertamente la iglesia, desde el principio, ha contado entre sus miembros a gente de alcurnia y dinero, a poderosos e intelectuales. Pero también ha señalado que esas cualidades no les han valido para su admisión a la fe. Es verdad que en algunos momentos y lugares se dan casos en que los distinguidos de este mundo hacen valer sus privilegios en la iglesia. Pero la opción preferencial por los pobres es expresión auténtica del evangelio de Jesús.
¿Qué tiene, pues, la gente humilde, sencilla, anónima para que Jesús se alegre de que sean ellos los que acogen el evangelio? Son los hombres y mujeres en los que cuenta sólo su humanidad. En ellos se hace patente que la salvación es gracia y no mérito. Dios no se fija en las privilegios que crean distinciones y diferencias en la sociedad para otorgar sus dones.
Cuando Dios cuenta entre sus hijos predilectos a los pobres y a la gente sencilla, entonces muestra que valemos por ser personas. Dios no elige a nadie por ser rico, erudito o poderoso, sino por ser humano. Esa cualidad la adquirimos todos por nacimiento y fundamenta nuestra dignidad. De eso se alegra Jesús.
A finales de este mes el Papa declarará santo y seguidor ejemplar de Jesús a un hombre humilde que se dedicó a la gente sencilla. Pedro de Betancur no podía presumir de nobleza de cuna, erudición, riqueza o poder. Llegó a Santiago de Guatemala enfermo y pobre; no pudo iniciar la carrera sacerdotal por deficiencias académicas, sus amigos fueron los marginados, los pobres, los ancianos, los enfermos.
Se dedicó a servir a los que no cuentan ni valen a los ojos de la sociedad, pero son personas, hijos de Dios. A personas como él se refería Jesús cuando alabó al Padre por esconder sus secretos a los sabios y entendidos y manifestarlo a los sencillos. Precisamente por eso la Iglesia lo propone como modelo y ejemplo de vida cristiana.
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