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Presto non troppo: La “educación” nacional
Por:
Paulo Alvarado
La deplorable educación nacional. Miseria inveterada, permanente, irresoluble. ¿A alguien le importa?
Huelga masiva del magisterio.
Miles, millares, de educadores, que dejan su vida por instruir a la juventud de un país a cambio de un salario de hambre, destituidos por el gobierno. ¿A alguien le importa?
Con ligereza e irresponsabilidad se apuran los representantes estatales a pregonar que estos problemas (como cualesquiera otros que les competen) se deben a que los demandantes no se apegan al estado de derecho.
Los comentaristas recurren a las ajadas fórmulas de la descomposición social y la falta de valores tradicionales.
Otros señalan -como forzadas derivaciones de conveniencia- que urge controlar a los “peligrosos” manifestantes, dotar mejor a la policía, patrullar las calles, reforzar la “seguridad”, armarse hasta los dientes, ampliar las cárceles...
Más allá de la legitimidad del actual movimiento magisterial, o de su pertinencia, o de la objetividad de sus planteamientos, ¿cuándo se hará algo -¡finalmente!- que en verdad comience a solucionar las colosales penurias de la educación guatemalteca? Salvo los casos excepcionales en que el gabinete de gobierno ha contado con algún que otro ministro probo, pensante y progresista, históricamente se han sucedido, uno tras otro, funcionarios tan apáticos como incapaces de dignificar la instrucción pública en Guatemala.
Como siempre, el rompecabezas le queda endilgado al siguiente equipo de gobierno. Ese se lo traslada, empeorado, al subsiguiente. Ese otro, al que lo reemplaza, y así... ad aeternum.
No es problema de la clase pudiente comodona y acaparadora, que se inhibe de actuar al respecto... no, cómo va a ser... si solapadamente se regocija de que podrá seguir empleando mano de obra ineducada, barata, poco desafiante.
Tampoco es problema de los negociantes de la educación privada, porque apenas se enteran de que es una situación con la que no pueden lucrar, gritan que no es incumbencia suya.
Ni siquiera es problema de quienes se declaran solidarios con los maestros porque, en el fondo, sus afanes no tienen que ver con la formación de la niñez guatemalteca, sino con intereses políticos, sectarios, partidistas...
No es problema, ultimadamente, de los muchos que se entretienen con pretextos de inseguridad, de corrupción, del alto costo de la vida, del fracaso de las instituciones -mientras fingen ignorar que la raíz de todo aquello es la vergonzosa ausencia de una educación pública sólida, genuina e indiscriminada, ni más ni menos.
Por lo tanto, si la educación de todos los guatemaltecos no es problema de ninguno, ¿cuál es el problema? Que no sólo se pudran los maestros, sino que se pudran los maestros que educan a otros maestros. Que se pudran sus alumnos, y sus hijos, y sus nietos.
Que cierren todas las escuelas y todos los institutos. Que vuelvan a proliferar los rótulos que cacarean: “en obras como éstas invierte el gobierno tus contribuciones”.
E, increíblemente, ¡que en las próximas elecciones de gobierno, la población vote por los mismos (aunque cambien de candidatos y discursos y estrategias)!
¿Una realidad cercana a la pesadilla, o una pesadilla cercana a la realidad?
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