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IN ABSENTIA Guatemala inmortal
Juan Carlos juró nunca volver
Por:
José Luis Chea Urruela
Martes 25 de febrero, entre pancartas con consignas antigubernamentales y maestros en huelga que no lo dejaban pasar, Juan Carlos, - un guatemalteco residente en Estados Unidos que volvía a su país por primera vez después de quince años de ausencia- logró por fin, después de engorrosos trámites, tomar su vuelo de regreso rumbo a Chicago; desde la ventanilla del avión, mientras la ciudad de Guatemala se hacía más pequeña hasta desaparecer, Juan Carlos juró nunca volver.
Whisky en mano, a 30,000 pies de altura, cielo azul y velocidad crucero, Juan Carlos, profesor de Literatura concluía, sin tristeza ni alegría, que Guatemala era una alucinación y que si existía como tal, era por sus guerras, por sus crímenes, por su corrupción, por sus masacres, por su racismo, por sus linchamientos, por sus macabras mutilaciones, por sus abyectas decapitaciones, y tal vez, por sus lagos y volcanes.
Sobre el golfo de México, después de su segundo whisky, Juan Carlos visualizó a Guatemala como un país que saltó sin paracaídas, del analfabetismo más atroz, al atrofiante y masivo consumo de la bazofia cultural del Norte y del Sub-Norte, y que la “patria” es una mera ficción que salió del horror de la guerra para caer en el terror de la delincuencia, donde la familia es una mera casualidad, y en donde la decencia de las personas se mide por la cantidad de dinero que tienen y no por los valores que poseen.
Qué se puede esperar, cavilaba, de un país que no sabe leer ni escribir, donde sólo hay leyenda y romance antiguo, carente de héroes y repleto de villanos, donde hay anales, listas de gobernantes, reseñas de golpes de Estado, y crónicas de acontecimientos, pero no historia. Una “nación” en donde la principal preocupación intelectual de las grandes mayorías es el fútbol y el alcohol, y donde los apetitos más voraces se reducen al frenético consumo de ceviches y chicharrones y a una visita semanal a los prostíbulos.
Qué se puede esperar, continuaba pensando, de una patria donde las oligarquías son pequeños enclaves de prosperidad e indiferencia y donde la principal entretención de la clase media son los tés, las telenovelas, la crónicas sociales, el horóscopo, el viaje anual a Miami, el gimnasio, el salón y por supuesto, la vida de los demás. Y, añadía, en donde mucho del arte y la política no es creación, sino simulación.
Al aterrizar en Chicago, Juan Carlos argumentó que Guatemala no se dividía entre indios y ladinos sino entre los que andan carro y los que andan en camioneta, estos últimos sometidos una cotidiana y permanente degradación del espíritu, la bolsa y la vida por parte de maras y choferes.
Para finalizar, ya en O’Hare, Juan Carlos me espetó que la realidad de Guatemala -país desquiciado- bien se podría resumir en una columna de 42 líneas en cualquier periódico del país, incluida la mía.
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