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Guatemala, 23 de Abril de 2004

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Opinión

PERSISTENCIA
26 de abril de 1998

“El Remhi es una denuncia legítima, dolorosa, que debemos escuchar con profundo respeto y espíritu solidario“. Gerardi.
Por: Margarita Carrera

El domingo 26 de abril de 1998, dos días después de la entrega del Remhi, monseñor Gerardi se había levantado un poco más tarde y, después de su diaria rutina, tomó el carro para dirigirse a casa de su amigo el doctor Julio Penados, en donde se reuniría con sus colaboradores más cercanos que trabajaban a su lado en la Odha y en el Remhi. Hacía mucho que Gerardi no disfrutaba tanto en una reunión con sus amigos. Su estado de ánimo era estupendo, la euforia lo embargaba y no dejaba de reír y contar chistes.

-Se ve diez años más joven, monseñor- le decían.

Y es que estaba radiante, todo él desbordaba alegría. Por fin he cumplido mi sueño, parecía decir a cada momento. Esos cuatro años de intenso trabajo han tenido su recompensa.

-No nos quedó mal ¿verdad? -les preguntaba a sus colaboradores-, pasará mucho tiempo para que la Catedral se llene como el viernes.

Cuán orgulloso se sentía de haber llevado a cabo el Remhi. También se sentía orgulloso de sus excelentes colaboradores y con ellos compartía los momentos de su intensa felicidad.

Sin embargo, Gerardi conocía bien los riesgos de ese trabajo, por lo que aún sentía temor de que pudieran asesinar a alguno de sus colaboradores. Pero nada había pasado y la entrega del Remhi ocurrió sin ningún percance.

Todo marchaba a maravilla. Después de almuerzo, se fue a la casa parroquial a descansar un poco. Le pidió a su compañero el padre Orantes que oficiara la misa de las seis por él y, a eso de las siete de la tarde, tomó su carro y se dirigió a casa de uno de sus sobrinos para cenar con su hermana. La verdad, estaba muy cansado y hubiera preferido acostarse temprano y no volver a salir, pero su familia lo esperaba y no podía desairarla.

Cuando faltaban quince minutos para las diez de la noche, Gerardi se despidió de su hermana y sobrinos y se dirigió a su casa en San Sebastián. Iba contento y feliz.

El día lunes 27 de abril, todos los periódicos daban la fatal noticia: monseñor Gerardi fue asesinado y de la manera más siniestra. Había sido agredido brutalmente con un objeto contundente que le había destruido la cara y el cerebro.

La última cita bíblica que hiciera en su discurso se hacía cruel realidad en su persona: “Mirad a mi siervo -dice Isaías- muchos se espantaron de él, desfigurado no parecía hombre, no tenía aspecto humano. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso y herido de Dios...” (trozo tomado de “En la mirilla del jaguar”).

 

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