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Guatemala, miércoles 15 de diciembre de 2004

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Opinión

CARA PARENS
Nota de Navidad

“Cada año regresa ese viento frío después de alborotar cabelleras por el mundo”.
Por: Anabella Giracca

Los árboles sacuden sus lá grimas de hoja en estos últimos días del año. Hojas largas, gordas y rasgadas. Puntas de lanza. Láminas verdes, manos abiertas, redondas y también tristes, pero esas son las que tienen forma de corazón. Se desprenden de su rama de brazo y con un coletazo de viento van cayendo poco a poco sumergidas en su danza de silencio.

Como alas anchas, espantos pequeños, como peces de mar o de río o de lago, o como sombras largas de la tarde o plumas pequeñas de colibrí. De espalda tocan su columna de hoja con la tierra firme, como aquellos barcos viejos que atracan en su muelle después de su último viaje.

Cansados. A esto en Guatemala no le llamamos otoño: le llamamos vientos de diciembre. Y así es, cada año regresa ese viento frío después de alborotar cabelleras por el mundo y se instala acá por un tiempo dejando siempre algún estrago pasajero que pronto se olvida.

Acá se olvida todo demasiado pronto, aunque hay cosas que cuando se tratan de olvidar, se empeñan con más fuerza para quedarse en la memoria sin remedio y para siempre.

Y todos los diciembres son iguales. Sobre todo para aquellos que siguen presos en la historia y sus lágrimas continúan en el aire sin tocar aún su tierra firme. Ahí no llega el olor a manzanilla, ni convivios, ni uvas frías ni manzanas importadas.

Y no es por pesimismo que lo digo, tampoco por melancolía. Lo digo simplemente por recuerdo y por justicia. Hay quienes se quedaron sin su siembra por el frío helado que cayó en sus campos. Otros sin su hija, niña. Otros sin su casa. Otros sin comida por el hambre que deambula entre los pueblos como feria o como circo triste.

Otros sin su hijo que arrancó la justicia confundida por el tinte de su piel tatuada. Y así es la Navidad en estas tierras: los dolores duelen más, los olores huelen más, los que lloran, lloran más y los que esperan siguen esperando en sus adobes gordos sentados a la intemperie. Como volcanes, porque los volcanes siempre están como aguantando el aire, ¿no le parece?. Sufriendo más.

Será por eso que en estas fechas la caridad es costumbre. Unos hacen que sus hijos donen los juguetes, los que ya no están de moda. Otros se van por vestir ancianos con la ropa que no usan.

Otros visitan orfanatos y hasta dan más limosna por las calles. Hay quienes tocan a un enfermo y hasta viajan a algún pueblo a repartir frazadas. Y así es por estas fechas, las conciencias duelen más. La pobreza sale a flote sin vergüenza. Pero no olvidemos un detalle que reclama nuestra historia desde siempre: no olvidemos que este pueblo necesita de justicia.

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