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Guatemala, 07 de Marzo de 2004

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Cultura

Fernando Lázaro Carreter
El lingüista, crítico literario y ex director de la Real Academia Española, falleció el pasado 4 de marzo
Por: Pablo Gámez

Foto de portada
No tengo nada contra los periodistas (...) pero sucede que a los periodistas se les oye más, y a veces los errores son tan torpes que mueven a la risa.

Solía decir que “elogiar la palabra es como elogiarnos a nosotros mismos, porque la palabra es la materia básica para entender lo humano”.

La muerte de Fernando Lázaro Carreter se traduce en la pérdida de unos de los más grandes artesanos del castellano.

Del lenguaje hizo su guarida y desde adentro levantó barricadas para lanzar venenosos dardos contra la anemia idiomática por la que atraviesa nuestro idioma.

“En el ámbito futbolístico -escribió- se ha desarrollado hace poco con virulencia agresiva una metáfora que juzgo incurable. La oímos a diario (esta temporada, literalmente a diario): el equipo se estira, el delantero le gana la espalda (?) a la defensa, está solo ante el portero en uno contra uno, el gol se ruge ya por la multitud, pero el crack chuta y manda la pelota a hacer gambetas al banderín.

Y en ese instante, indefectiblemente, el comentarista-filósofo que suele acompañar en las retransmisiones al narrador, emite su solvente excogitación: el Zaragoza (lo nombro porque lo quiero y porque es diestro en esa pifia) “está perdonando mucho”. Luego, el exegeta asevera grave: “El equipo que perdona mucho acaba perdiendo”. Y enseguida, sentenciará más hondo aún: “El fútbol es así”.

“Es probable que toda la comunidad hablante adopte pronto el verbo perdonar con ese significado intransitivo: “En el fútbol, desperdiciar repetidamente un equipo las ocasiones de meter gol”; antes se decía simplemente fallar.

La nueva acepción, por el momento, sólo pertenece a la jerga balompédica, pero como el fútbol sale hasta por el tubo del dentífrico, el vocablo será muy pronto de conocimiento general. Y de este modo, un tropo inventado como graciosa creación personal por un ignoto artista de la crónica deportiva, ha cundido hasta rebosar por toda la extensión de las ondas y del papel.

“Ello constituye buena prueba de que el desenfado de muchos de tales comentaristas, puede convertir en triunfo el dislate. Porque perdonar significa, en el habla común, “alzar la pena, eximir o liberar de una obligación” a alguien. Y el arquero no tenía obligación de dejarse meter gol: no había que eximirlo; al contrario. Por otra parte, quien perdona lo hace adrede y cobra fama de misericordioso, pero las gradas embravecidas suelen llamar imbécil al futbolista o al equipo que, “queriendo arrasar al contrario -¡todo menos perdonarlo!-, marra el tanto teniéndolo a huevo”.

Estos párrafos reflejan inequívocamente ese ingenio, ese humor y esa malicia que Fernando Lázaro Carreter destiló en su combate diario contra toda esa tribu de asaltapalabras que trata la lengua a hachazo limpio, cual de un alcornoque enfermo se tratara.

Esta tarea, un tanto prometeica y un mucho sisífica, de denunciar y asaetear esos despropósitos y esas tropelías a los que se ve sometido el idioma por boca y puño de periodistas, políticos o el simple ciudadano desprevenido -o, más bien, despreocupado-, tuvo sus primeras escaramuzas allá por 1975, en el ya desaparecido periódico Informaciones.

Lázaro Carreter siguió tirándonos cariñosamente de las orejas por el uso ignorante y, por qué no decirlo, pedante que de nuestro idioma hacemos.

Cabe recordar que El dardo en la palabra reunió por primera vez, y más por instigaciones ajenas que por voluntad propia -según escribió el propio Lázaro Carreter- todos esos neologismos, barbarismos, extranjerismos y otros ismos de mal agüero que han venido acompañando al castellano durante todos estos últimos años.

Decía Fernando Lázaro Carreter: “No tengo nada contra los periodistas, podría hablar de cómo marran al hablar los ferroviarios, o los agentes de bolsa, pero sucede que a los periodistas se les oye más, y a veces los errores son tan torpes que mueven a la risa.

O a la indignación. Porque en ningún momento tan dramático como el del accidente de tren de Pamplona es admisible que un periodista diga: “Han muerto al menos 22 viajantes”. “¿O es que eran todos vendedores de Sabadell?”.

Y es precisamente aquí, en las turbias aguas periodísticas, donde Lázaro Carreter se puso las botas (entiéndase en el doble sentido de la expresión) para pescar gazapos como “que tal o cual actor o director ha sido nominado para un Óscar”; “Raphael ha estrenado el último de sus rutinarios recitales”; “La pedagogía de la televisión escolar hace énfasis en la importancia del esfuerzo de cada alumno”; “dicho banco es sumamente agresivo”; “quienes se precien de ser inasequibles al desaliento”; “Camilo José Cela ha culminado una nueva novela”, o, y ya poniendo fin a este conjunto de elocuentes ejemplos, “la empresa ignora las demandas de los trabajadores”.

Lázaro Carreter también consideró a los políticos merecedores de sus “dardos”, y no sólo, claro está, por su abundante y parda gramática. Sus dimes y diretes se incorporan con ingenuidad al vocabulario de bolsillo del ciudadano repanchigado en el sillón, sin pararse en modos o maneras lingüísticas mínimas.

“Hay en la oposición nada menos que diecinueve partidos que se reclaman de un socialismo democrático inspirado en Carlos Marx”; “el partido PTH se ha coaligado con el partido HTP” son algunos de los felices hallazgos atrapados al vuelo que en esa otra gramática de todo político terminan asomando.

Lázaro Carreter dedicó una parte importante de sus artículos a los neologismos y los extranjerismos, lo cual es hoy más que nunca comprensible, ya que la sociedad multicultural y abierta que vivimos importa a velocidad de microondas términos nuevos que reflejan modos de vivir nuevos.

Lázaro Carreter dejó siempre la pelota rebotando en el campo de los lectores, al más genuino estilo de Borges: “entreteniendo, conmoviendo, siempre persuadiendo”.

 

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