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Guatemala, 07 de Marzo de 2004

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Cultura

Vida breve: Morir en prisión
Por: Irina Darlée

En el suplemento de Prensa Libre del domingo 29 de febrero, me llamó la atención un artículo “Morir en prisión” de Gerardo Jiménez Ardón y otro del mismo tema, titulado “Hogar, agridulce hogar”.

Ambas crónicas dan mucho que pensar y ameritan una campaña de prensa a favor de las mujeres-víctimas.

También yo he conocido a una señora cuya historia va en esta misma dirección.

Mejor dicho que no hubo en realidad vida alguna puesto que la vida de ella es la historia de una víctima de violencia doméstica por empezar, luego la historia en una prisión, antes la familia como una cárcel y al final la clínica psiquiátrica después de la permanente amenaza por sus padres, su esposo, el personal de la cárcel y del manicomio.

Es la historia casi increíble de la vida real. Yo no invento nada, sólo quiero dejar testimonio de la sistemática destrucción de una persona por la sociedad y por su propia familia.

La mujer que me había contado las estaciones de sufrimiento de su vida tuvo un hijo, éste se suicidó y después de caer muerto con un grito, la mujer permanece muda.

Es difícil pensar que existe tanta miseria, pero hay muchas “viviendas-jaulas” y mujeres maltratadas, abusadas sexualmente, por sus agresores, asesinadas por toxicomaníacos, alcohólicos y tipos con complejos neuróticos, que practican la violencia contra la mujer en nuestros tiempos.

Hay que salir en defensa de tanta mujer maltratada por el destino y tratar de apoyarla en su desgracia. Mujeres humildes, mujeres opacas, jovencitas en las fronteras y abismos de su existencia, desilusionadas por la brutal realidad de sus matrimonios, por el caos o el absurdo que las rodea y aniquila.

Son enormes las diferencias que existen entre las personas caritativas, que adoptan niños con sida, sabiendo que pronto los tendrán que enterrar, y cuyos padres ya se murieron de esta fatal enfermedad y otros hombres nefastos que maltratan a las madres de sus hijos o prostituyen a los hijos por el acoso sexual de sus borracheras.

Son tipos insensibles, violentos que desempeñan un papel de pesadilla en sus hogares y que en el fondo suelen ser unos cobardes, impulsados al asesinato por su ambiente familiar o por alucinaciones e ideas fijas como los celos. Ellos viven en un estado que no permite comunicación alguna.

El Estado debe proteger a sus víctimas de tanto abuso, que la propia familia trata a veces de ocultar.

Hay que proteger a las mujeres contra esos malhechores de la humanidad, de esta chatarra criminal de la sociedad violenta, que son parodia de esposos o padres.

¡Tanta mujer asesinada en las páginas, diarios de los periódicos, tantas prostitutas menores de edad, tanto sufrimiento de niños y tantas inocentes en las cárceles! Habría que hacer algo para evitarlo.

 

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