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TIEMPO Y DESTINO El caso de Zury
Hay personas jóvenes que no deberían morir, pero mueren.
Por:
Luis Morales Chúa
Pienso, en mi infinita ignorancia acerca de las operaciones quirúrgicas, que la extirpación de un ovario hipertrofiado, inflamado y posiblemente infectado -pero no canceroso- no debería causar la muerte de una mujer joven (35 años madre de dos hijos, que llegó a un hospital público con el ánimo de curarse y no de morir).
No tengo una versión oficial de los hechos, así que me abstengo de lanzar acusaciones y reclamar castigos contra el cirujano aparentemente culpable.
¡Pobrecita Zury!, es todo lo que debería decir. Mas, creo que hablar de accidentes profesionales, como del que me ocupo hoy, puede ayudar a que no se repitan.
La conocí cuando apenas tenía 11 años, más o menos, y la vi crecer hasta los 15. Nunca más supe de ella, excepto que tiempo después se casó y dio a luz a un niño y una niña, a quienes vi en los funerales, la semana pasada; el varón tratando de encajar el golpe y soportarlo con entereza y ella deshaciéndose en lágrimas.
Enma, la tía, tenía los ojos rojos del desvelo y de tanto llorar. Estaba además molesta porque piensa que una más experimentada mano pudo evitar la tragedia, innecesaria según su modo de pensar, por lo que quizá vengan al caso unas explicaciones.
Zury, cuyo nombre completo es Zurama Jeannette Pineda Mazariegos, fue operada para extirparle un ovario; mas, la buena suerte la abandonó en el momento supremo, porque el bisturí -según cuentan los doloridos familiares- perforó otras vísceras incluido el intestino grueso.
Esa imprecisión quirúrgica generó una infección generalizada y en tales condiciones fue enviada a su casa. Tras dos días de agonía la llevaron de nuevo al hospital, fue admitida y la ingresaron directamente al servicio de tratamiento intensivo.
El sábado falleció. Yo fui a la funeraria a decirle adiós. No supe como lucía a los 35 años. Quise recordarla siempre de 11, sonriente, ingenua, con la inocencia propia de su niñez. Por eso no me acerqué al catafalco.
Me han dicho que tenía el rostro hinchado como resultado del tratamiento de última hora. Preferí verla en la fotografía, colocada en una esquina del lugar donde reposaba transitoriamente.
No pido juicio contra nadie, repito. Pero no aconsejaré a los deudos que desistan de promoverlo.
Yo sé que millones de personas son atendidas bien todos los años en ese mismo centro asistencial y es por ello la institución de servicio social más importante para los trabajadores y sus familias. Es insustituible y no privatizable. Suceden esos casos lamentables, es cierto, pero ¿no ocurren también en los hospitales privados?
Lo que pasa es que los errores médicos en esos centros pasan inadvertidos, porque muchos familiares prefieren llorar en silencio sus tragedias, en tanto que los de centros asistenciales del Estado se van, algunas veces, a los tribunales.
Se debe entender, eso sí, que lo sucedido a Zury genera responsabilidad profesional individualizada. Si hay un médico descuidado o inexperto que no sabe dirigir el bisturí, eso ya no es culpa del hospital, sino de él, personalmente, porque en ese centro trabajan centenares de médicos cuya pericia es ejemplar y su trabajo no es afectado por la mala práctica de uno de ellos, como parece haber sucedido en este caso.
Y si es verdad que un cirujano puede ser eximido de responsabilidad penal, no ocurre lo mismo con la responsabilidad civil, porque sus actos deben tener alguna consecuencia.
Al Colegio de Médicos y Cirujanos debería interesarle ese hecho, para defender al cirujano si los cargos son infundados, o para someterlo a las medidas contempladas en la Ley de Colegiación Profesional Obligatoria, si fuere encontrado culpable.
A propósito ¿qué opina ese Colegio acerca de personas que anuncian por los medios de comunicación social campañas de “sanación” y prometen curar con oraciones el cáncer, el sida, devolver la vista a los ciegos, hacer que los sordos oigan y los paralíticos caminen sin muletas? ¿No es un asunto de su competencia?
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