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EDITORIAL Juan Pablo II, Papa de papas
Cualquier cosa que se escriba para definir a Juan Pablo Segundo corre el riesgo de quedar corto.
Su valor trasciende lo puramente religioso para abarcar además todo lo humano, porque se trata del hombre más importante del siglo XX y del primer siglo del presente.
Su paso por el papado es, ha sido y será motivo de muchos escritos, pero pasará mucho tiempo antes de que desaparezcan las huellas de este gran hombre, la cual es indeleble en el futuro de la humanidad, no solo de quienes comparten el credo del catolicismo.
Juan Pablo Segundo tiene asegurado un lugar en la historia mundial. Fue notorio desde su inesperado ascenso al trono de San Pedro, que este humilde polaco nacido en Cracovia le iba a dar a la jefatura de la Iglesia Católica una dimensión universal impensable hasta el momento de su escogencia como pastor del grupo cristiano más grande e importante del mundo, en una decisión cuyos efectos fueron impensables.
El legado más importante de Juan Pablo Segundo es el haber convertido al Papa en un ser humano como todos, cercano a las grandes multitudes, que proliferaban en el más de un centenar de países que visitó.
Su innata facilidad para hablar idiomas fue una de las armas más importantes que utilizó para llevar su mensaje religioso de paz y de bondad. Incluso sus más acervos críticos reconocen y admiran esa actitud de firmeza en sus convicciones, tanto del índole religioso como humanas.
Por eso a nadie le extrañó cuando se convirtió en el adalid para liberar a su patria, con lo cual quedaron sentadas las bases para el final del comunismo, por ateo totalmente opuesto a sus íntimas convicciones.
La humanización del papado fue hecha sin que con ello se perdiera la majestad ni la dignidad de su cargo.
Todos aquellos que tuvieron el honor de estar cerca de él coincidieron en sentir la poderosa fuerza espiritual emanada de su presencia, de su palabra.
La gente se sentía cercana a él, sin por ello olvidar que se encontraban frente a un verdadero líder no sólo espiritual sino también humano.
Y eso se sentía al verlo en el altar del Vaticano, cuando descendía del avión y besaba la tierra que lo acogía, subía al papamóvil, abrazaba a algún niño e incluso se ponía un sombrero de petate o alguna vestimenta autóctona de un lejano país africano, o escuchaba a algún artista popular.
Su importancia como líder mundial es innegable, al representar la unidad de la fuerza espiritual intrínseca en su cargo, con la convicción de que la vida terrena de los seres humanos debe ser lo mejor posible, y que la justicia y los valores deben ser la meta que se debe buscar y defender, aunque ello requiera la valentía de enfrentarse a los totalitarismos, a las posiciones y a los criterios de moda.
Los demás papas del siglo XX tienen importancia, ni duda cabe, pero no pueden compararse con quien introdujo a la Iglesia Católica en el mundo posterior a la Segunda Guerra Mundial y ayudó a terminar la Guerra Fría.
Por eso es justo reconocerlo como el primero entre iguales en el trono de San Pedro. Por eso es el Papa de papas.
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