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XOKOMIL En la frontera
Los platos rotos del diferendo limítrofe entre la municipalidad capitalina y la de Santa Catarina Pinula los pagamos los vecinos.
Por:
Dina Fernández
Desde la adolescencia, pertenezco al barrio que se extiende al final de la 20 calle de la zona 10, hoy convertido en la frontera más peleada de la ciudad, el campo de batalla entre la municipalidad capitalina y la de Santa Catarina Pinula.
Hace veinte años, cuando La Pradera era una fábrica de leche y el bulevar Los Próceres una calle poco transitada y polvorienta, el vecindario estaba ocupado por casas de colores con portón de metal, cuya fila se veía interrumpida por algunos condominios, considerados entonces toda una novedad urbana.
La acera, cuando había, era un retazo de medio metro de concreto, pero no importaba porque los carros apenas llegaban hasta allá.
Si me dejaba el bus, podía tomar una camioneta número catorce enfrente de mi casa y en quince minutos llegaba a la avenida La Reforma y 10a. calle, donde tenía que echar carrera un par de cuadras para llegar al colegio antes del timbre de las ocho.
Cuando entré a la universidad y comencé a manejar, ya vivía unas cuadras más adelante, pero las distancias seguían siendo deliciosas. Estaba a un paso de perico de la Del Valle, en Vista Hermosa, y a media hora del centro de la ciudad.
De aquellos días, sólo queda el recuerdo. Ahora el final de la 20 calle suele verse abarrotada con filas de carros que avanzan, bómper con bómper, a paso de tortuga.
Los viernes en la tarde puede tomar más de una hora recorrer el kilómetro que separa la estación de policía ubicada en la 19 avenida del cruce a Muxbal. A cualquier hora que salga de mi casa, desemboco en un torrente de vehículos que me hace sentir varada en la “Autopista del Sur” de Julio Cortázar.
Hay razones lógicas para los embotellamientos de la 20 calle. El éxodo hacia la carretera a El Salvador; el Centro Comercial La Pradera, cuyas pésimas entradas a los estacionamientos dificultan el paso; y la vertiginosa multiplicación de los carros en una ciudad que cuenta con un transporte público atrofiado, cada vez más inseguro, lento e insuficiente.
Sin embargo, desde hace un año, el pleito limítrofe entre la Municipalidad Metropolitana y la de Santa Catarina Pinula ha contribuido a echarle más leña al fuego de nuestro infierno vial de cada día.
Primero, el alcalde Tono Coro retiró a los policías capitalinos que ordenaban el tránsito, y luego el alcalde Álvaro Arzú ordenó la colocación de un semáforo en la 26 avenida, que tenía la virtud de obstruir el paso siete días a la semana, 24 horas al día.
El pandemonium llegó a su clímax el miércoles de la semana pasada, cuando la Corte de Constitucionalidad le dio la razón a Arzú y éste mandó a quitar ipso facto los rótulos de Santa Catarina Pinula, provocando un caos épico que se hacía sentir hasta El Obelisco.
A partir de entonces, regresaron los policías, apagaron el semáforo de la discordia y el tráfico ha estado un poco más vivible.
Ojalá que el alcalde Tono Coro acepte la resolución de la Corte de Constitucionalidad y ponga fin a un enfrentamiento que más parece una zaga de berrinches infantiles entre él y Arzú.
Para llamar a los alcaldes a la reflexión, termino con una anécdota. El mes pasado tuve que pedir una ambulancia a mi casa y le tomó casi media hora llegar, culpa del tráfico. Si se hubiera tratado de un ataque cardíaco, mejor hubiera llamado de una vez a la funeraria.
Ha costado ya demasiado tiempo muerto, demasiada gasolina y demasiado desgaste ese pleito. Es hora de reconocer las fronteras históricas de la ciudad y seguir adelante.
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