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Vida breve: Mis primeros días en Centroamérica
Por:
Irina Darlée
Era el año 1947, camino a nuevos sueños, habíamos desembarcado en San Salvador, en un aeropuerto que todavía carecía de un edificio correspondiente.
En la sombra enana de un árbol tres guitarristas, ligeramente tomados, hacían música bastante descompasada. El oficial de migración se hizo esperar, luego vino malencarado.
Nos esperaba para llevarnos a la ciudad el Director General de Turismo, amigo de nuestros amigos españoles, Raúl Contreras.
Él nos pidió cerrar los ojos hasta que dijera que podríamos abrirlos. Cuando este momento llegó y mi madre exclamó "ya estamos en los suburbios", ya estuvimos atravesando el centro comercial capitalino… Fuimos instalados en uno de los dos mejores hoteles, Astoria, cerca de un tal "Cristobalito", el almirante Colon colocado ante el Palacio Nacional junto a la Reina Isabel la Católica, frente a un parquecito con mucha gente sin camisas, hacía calor…
Ante la puerta del hotel "Astoria" se mantenía una vieja mendiga sentada en el suelo, con la pierna levantada llena de ulceras y dramáticamente hinchada.
Había que darle una limosna para que bajara la pierna y dejase a la gente entrar al hotel. En el "lobby" tocaba una música suave y dulzona. El Gerente nos dijo que aquella pordiosera tenía lepra.
Mi madre se asustó, mi padre no lo creyó, y a mi me miraba insistentemente un caballero bajito y gordito, sentado apoyado en un bastoncito. Este parecía un Buda auténtico, era el Embajador de Honduras en El Salvador, quien se convirtió en mi primer pretendiente centroaméricano y posteriormente ha sido Presidente de Honduras, Monchito Cruz.
Seguía haciendo calor, como todo el año. Nuestro cuarto del hotel tenía techo alto, bajo el cual volaban cucarachas enormes en lugar de "mariposas en todos los colores", como nos habían pronosticado en España algunos viajeros que conocían el trópico.
Aquel cuarto era muy amplio con ventanas y con una puerta directa a la calle. Durante la noche en esa puerta daban golpecitos mujeres de la triste vida alegre que pretendían entrar...
Luego nos hemos mudado a un chalet en la última calle pavimentada de un barrio residencial denominado poéticamente "Flor Blanca".
El dueño de la casa o "casero" nos ponderó la amplitud de la sala, diciendo que allí podíamos colocar la hamaca. Mi madre preguntó inocentemente ¿para qué?. En el comedor debíamos poner nuestra refrigeradora "para hacer bonito", según él, lo que nos pareció extraño.
Nuestra primera muchacha, la diligente Tona, fue un amor de persona y nos duró 40 años, con la condición que nunca más nos volviera a cocinar una iguana, como lo hizo en sus primeros días de cocinera, con el deseo de sorprendernos.
Estábamos curados de sorpresas y asustados de los temblores, desacostumbrados a tanto calor y agobiados por los tragicómicos incidentes al montar una fábrica de perfumería para mejorar los olores del país. El relato de nuestra agitada vida industrial seguirá en alguna próxima crónica.
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