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Guatemala, domingo 28 de agosto de 2005

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Nacionales

Nicky Cruz: “El perdón es un poder que nos cambia”
Cuenta su historia de ex pandillero en Nueva York
Por: Olga López

Foto de portada
“Con mano dura no se corregirá a los pandilleros, sino que necesitan apoyo para rehabilitarse”.

Con 16 libros y mensajes motivadores que han llegado a 40 millones de personas en el mundo, Nicky Cruz, ex líder de una pandilla de Nueva York, tiene un nuevo reto: rescatar y rehabilitar a los pandilleros guatemaltecos, que se estiman en unos 165 mil.

La fórmula: relatar su solitaria y tortuosa vida en las pandillas, y cómo el amor hacia Dios logró sacarlo del mundo de las drogas y violencia que vivió.

También su fundación, que lleva su nombre, construirá dos centros de rehabilitación para mareros y pondrá en marcha programas preventivos para niños y jóvenes.

Como primer paso, visitó el miércoles recién pasado a los miembros de la maras 18 y Salvatrucha que se encuentran en prisión, en busca de una conciliación, la cual, según dedujo, está lejana.

¿Cómo se inició en las pandillas?

Tenía 15 años cuando emigré de Puerto Rico a Nueva York. Ahí empecé a involucrarme con pandilleros. Llegué a ser uno de los líderes de una de los grupos más peligrosos de esa ciudad.

¿Qué lo empujó a hacerlo?

Por el ambiente que vivía en Puerto Rico. Mi padre fue un sacerdote satánico, y mi madre, una bruja. El satanismo tiene tres fuerzas: el sexo, las drogas y la violencia. Fui producto de la violencia de mi madre, quien me golpeaba hasta dejarme inconsciente y bañado en un charco de sangre.

¿Cuál era su actitud ante ese ambiente?

A los 8 años estaba traumado. Al extremo de que llegué a odiar las entrañas de mi madre, y prefería llamarme bastardo que identificarme con la brutalidad.

¿Qué fue lo más doloroso que sufrió?

Lo que más me dolió no fueron los abusos físicos, sino el dolor emocional por el rechazo de mi madre, quien me maldecía por haber nacido, y decía que yo era hijo de Satanás. Muchas veces me encerraban desnudo en un cuarto dos o tres días, con las costillas rotas, los ojos con moretes y sangre en la boca.

¿Y que pasó después?

En la última golpiza juré que jamás iba a amar, y esa fue la última vez que lloré de niño. Mi alma la puse en un bloque de hielo y la congelé. Mis acciones no fueron justificadas, me siento mal porque hubo muchas muertes.

Como pandillero ¿se pierde el respeto a la vida?

Cuando tú no crees en el amor, no le tienes respeto a la vida, y eso es peligroso, porque la única manera de arreglar las cosas es con violencia.

¿Qué diferencia observa entre las pandillas de su época con las actuales?

La situación ha cambiado. Nosotros peleábamos por el barrio y nuestra identidad, pues sentíamos que no eramos aceptados en la sociedad. En las pandillas había honor, respeto y fidelidad.

¿Considera que estos tres componentes se han perdido?

Sí. Las drogas han comprado los sentimientos y voluntades de las pandillas. Antes había un código de respeto en las pandillas, pues antes de pelear acordábamos el lugar, la hora y los límites. Sin embargo, si la policía llegaba, nos uníamos y peleábamos juntos contra los agentes.

¿Por qué la resistencia?

Porque sentía mucha desconfianza hacia la gente, y no creía en el amor hacia el prójimo, pues nunca observé un amor sincero en mi familia.

¿Por qué dejó la pandilla?

A los 19 años tuve una conversión dramática con Dios, por medio del pastor evangélico David Wilkerson, quien arriesgó su vida para rescatarme de las drogas y la violencia.

¿Hubo resistencia a ese cambio?

Sí, porque al principio lo maltraté, le pegué y lo escupí. Él recibió los abusos y me habló sobre el amor de Dios y Cristo. Me dijo que si lo mataba y lo cortaba en mil pedazos, cada pedacito iba a gritarme que Cristo me amaba. Me dijo que yo no podía matar el amor, porque Dios es amor.

¿Cuál fue su reacción?

Eso me desarmó. Yo era un animal que estaba encerrado en una celda invisible que me tenía atado. Desde ese momento empezó mi cambio.

¿Fue fácil salir de la pandilla?

En ese tiempo existía un código. Si uno quería salirse de la pandilla podía hacerlo, mientras no se integrara con la banda rival.

Cuando fue pandillero ¿le dio miedo morir?

No, pues no le tenía miedo a la muerte, y por ende, tampoco a la silla eléctrica. Pero uno no entiende el valor de la vida hasta que te arrepientes de tus actos y conoces a Dios.

¿Encontró la felicidad que le faltó en su hogar mientras estuvo en la pandilla?

No. La vida de un pandillero es solitaria. A mí me molestaban las noches. No quería cerrar los ojos porque me sentía mal por lo que hacía. Odiaba a Dios y a la sociedad. Cuando estaba con mi pandilla me transformaba. Era un tipo duro y fuerte, pero cuando estaba solo me sentía culpable de mis actos.

¿Cómo se manifestaba esa culpabilidad?

Cuando me bañaba y lavaba la sangre de una persona inocente, miraba correr la sangre con el agua. Luego me miraba en el espejo y lo que observaba era un monstruo.

Luego de su conversión religiosa, ¿pudo perdonar a su madre?

Fue un perdón mutuo, y se dio cuando ella enfermó de gravedad y me mandó a llamar desde Puerto Rico. Luego, ella aceptó al Señor, y desde entonces fuimos los dos mejores amigos. Por ello creo que el perdón es un poder que nos cambia.

¿Considera que el perdón entre sociedad y mareros sería el primer paso para lograr frenar el flagelo?

Sí, pues el amor sincero, junto con el amor de Dios y el arrepentimiento, es poder, aquí en la tierra como en el cielo.

¿Sin importar las muertes que haya causado?

Sí puede ser perdonado, pero si ha matado a mucha gente, debe pagar sus crímenes en la cárcel. Si acepta a Cristo, que sea un ejemplo en la prisión para sus compañeros.

En sus visitas a las cárceles guatemaltecas, ¿cómo observa a los pandilleros?

Creo que los de la Mara Salvatrucha son más bravos, porque ellos iniciaron los enfrentamientos en las cárceles. Sin embargo, a muchos les noté que estaban arrepentidos por las muertes que causaron.

¿Considera que los mareros pueden rehabilitarse?

Quien se sienta mal por lo que hace y al que le dan amor y esperanza llegará el momento en que reflexione y salga de ese mundo.

¿Será posible que ellos cambien su vida?

No puedo cambiar a esta gente. Sólo les puedo decir que al conocer a Dios hubo una reconversión en mi vida y pude salir del mundo violento en que vivía.

¿Qué planes tiene en Guatemala para ayudar a estos jóvenes?

Está en proceso la creación de dos centros de rehabilitación para mareros y drogadictos, así como de prevención para niños y jóvenes.

Las pandillas: Seguridad nacional y pesadilla

Las pandillas más temibles en Guatemala son la Salvatrucha y la 18. La primera es catalogada como la más sanguinaria, por los crímenes cometidos por sus integrantes, según la Policía Nacional Civil.

Ambas mantienen una guerra sin cuartel por la disputa de lo que llaman su territorio.

Los pandilleros son utilizados por el crimen organizado para el tráfico y consumo de drogas, señala un estudio de la Asociación para la Prevención del Delito (Aprede).

Los mareros también han cometido una serie de asaltos, asesinatos, violaciones sexuales y extorsiones a pilotos de transporte colectivo, comerciantes y vecinos. Esta situación ha provocado que decenas de personas hayan abandonado sus viviendas, principalmente en las zonas 12 y 18.

En el caso de los pilotos, se han visto obligados a paralizar labores, como medida de protesta para que las autoridades les proporcionen vigilancia.

Aprede estima que en el país hay unos 165 mil pandilleros, quienes tienen la capacidad de portar desde armas hechizas hasta de fabricación industrial, tales como fusiles de asalto AK-47 y granadas de fragmentación.

Uno de los últimos hechos sangrientos por parte de las maras ocurrió el 15 de agosto recién pasado, cuando miembros de la Mara Salvatrucha atacaron a los de la M-18 en cuatro cárceles, con cauda de 35 pandilleros muertos.

Libros

Su historia en 30 idiomas.

Ha escrito los libros One Holy.

Fire (un fuego santo), La Cruz y el Puñal y !Corre, Nicky, corre! Este último relata la vida de un hombre que salió de las drogas, la violencia y la criminalidad, y se entregó a Dios. Sus obras han

sido traducidas a 30 idiomas, y leídas por 50 millones de personas en 150 países.

La película: La Cruz y el Puñal

Es una película que llamó la atención del mundo, pues presenta el drama de Nicky Cruz, de cómo llegó a ser líder de una temible pandilla en Nueva York y como una jornada evangelística del pastor David Wilkerson le permitió conocer a Dios.

En el filme se muestra cómo el ex pandillero decidió contar su testimonio alrededor del mundo, con un mensaje de esperanza y paz.

Su trabajo: Rehabilitación

Su experiencia le ha permitido a Cruz llevar su mensaje de unidad a líderes políticos en muchos países del mundo. Ha fundado centros de rehabilitación de drogadictos, denominados Teen Challenge, en más de 60 países.

En Guatemala tiene previsto fundar dos para pandilleros y también emprender programas de prevención dirigidos a jóvenes.

Biografía: Su vida

Era jefe de la pandilla Mau Mau, la más violenta de Nueva York.

Nació en Puerto Rico, en 1938. A los 15 años se mudó a Nueva York.

De 1955 a 1962 estuvo involucrado en las pandillas. Era un joven lleno de odio, que no conocía la fe cristiana.

En los años 50, un sicólogo norteamericano se atrevió a decir que Nicky tenía en la mano un boleto que lo llevaría directamente a la cárcel, a la silla eléctrica y a la muerte.

Hasta que el pastor David Wilkerson, que rehabilitaba pandilleros, lo convirtió al evangelismo.

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