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HORIZONTES Contrastes
La inseguridad ciudadana ha llegado a convertirse en el peor de los problemas de Guatemala.
Por:
Francisco Beltranena.
Es de mencionar y al mismo tiempo felicitar al alcalde de la Ciudad de Guatemala, don Álvaro Arzú, por el reconocimiento que recibiera el día lunes por parte de la organización City Mayor’s, al considerarlo en el tercer lugar entre 65 finalistas provenientes de 550 nominaciones de todo el mundo. No cabe la menor duda de que el reconocimiento es de suma importancia y se viene a sumar a una larga lista entre los que se incluye el premio Príncipe de Asturias.
Creo que es importante para nuestro país este tipo de reconocimientos, que aunque resulten limitados a una persona en particular, abren importantes espacios a toda la sociedad guatemalteca. Felicitaciones al ex presidente Arzú.
Pero mientras el alcalde de la ciudad recibía felicitaciones de parte de los empleados del ayuntamiento, la ciudad no estaba tranquila. La ola de violencia continuaba su curso irremediable. Tres pilotos de autobuses urbanos fueron asesinados el mismo lunes, los que se sumaron a los 48 anteriores.
Pero antes de que se me mal interprete, hay que reconocer que los alcaldes municipales en Guatemala no son los responsables de la seguridad ciudadana y que por tanto, felicitaciones aparte, el alcalde Arzú no es responsable del tsunami de violencia que opaca su propia celebración.
El problema es que los guatemaltecos nos hemos vuelto indolentes ante la forma de vida que tenemos. Robos, asaltos, asesinatos, homicidios, violaciones, secuestros, extorsiones y fraudes, entre otros tantos delitos, se han vuelto un sitio común. No nos asusta nada.
Si te quiebran el vidrio de tu carro y te roban la laptop en el parqueo de una empresa privada (como me sucedió a mí la semana pasada), es tu culpa porque la dejaste dentro del carro; igual criterio se aplica si en vez de la laptop lo que te roban es el radio del carro, aunque te hayas llevado la carátula, como le sucedió a mi hija a los tres días de haberse comprado con mucho esfuerzo su carrito nuevo.
La cosa ha llegado a extremos tan insoportables que una señora y tres niños fueron asesinados vilmente el viernes pasado por un escuadrón de sicarios que les dejó ir más de 150 tiros de AK-47 por error. Sólo falta que le echemos la culpa a la señora por ir en el carro, en el lugar y a la hora equivocada. Perdonen, pero no es posible aceptar semejante situación.
Cuando uno habla de estas cosas no falta más de alguno que le diga que uno exagera. La verdad es que no. No exagero. Me quedo corto con el espacio que tengo para contar la triste realidad que vivimos. Y mientras sigamos pensando que como a mí no me ha pasado, nada pasa, seguiremos secuestrados por la violencia que no nos permite vivir dignamente como seres humanos.
El problema de la inseguridad ciudadana ha llegado a convertirse en el peor de los problemas de Guatemala. Las tristes estadísticas que nos refieren a los eternos problemas estructurales no son nada comparadas con la pandemia de violencia que vivimos, y más nos vale darnos cuenta y hacer algo definitivo antes de que salgamos todos corriendo.
Guatemala es un país de contrastes. Es país hermoso con gente hermosa. Pero así como las montañas han perdido su belleza por el desprecio al ambiente, así estamos perdiendo nuestra belleza ciudadana.
Tendremos el tercer mejor alcalde del mundo (lo que es muy loable), pero los contrastes con la violencia ciudadana que vivimos lo opacan. Recuerdo el eslogan de campaña de Álvaro Arzú, por el que muchos de nosotros votamos por él y que desafortunadamente sigue siendo una aspiración absolutamente real: podemos vivir mejor.
¡Hasta la próxima!
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