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UCHA´XIK Mi “odio” hacia los curas
Con curas así, no se puede discutir porque creen, por gracia divina, ser dueños de la verdad.
Por:
Sam Colop
Decía en mi artículo del 26 de noviembre pasado que comprendía por qué mi texto titulado “Amenaza católica” había levantado ronchas.
No quise hablar mucho del asunto; pero dado que he escuchado comentarios sobre que yo “odio” a los curas, retomo el tema. Para comenzar, debo decir que cursé primaria y secundaria en instituciones católicas y mis estudios universitarios los hice en la que algunos identifican como “universidad católica”. Sólo los estudios post universitarios los hice en lo que sería una entidad atea.
Cuento esto porque uno de aquellos dos curas de Sololá, sobre quienes he escrito en este espacio, también expresó que mi “dolor” provenía de no ser cura ya que, según él, yo había estudiado en el Seminario Mayor.
El Instituto Indígena Santiago queda al lado del Seminario Mayor, que es distinto. Tuve gran amistad con el recién fallecido hermano Sebastián, como escribí el sábado pasado; admiro al padre Ricardo Falla de quien comenté un libro a finales de septiembre, como también al obispo Ramazzini y creo ser amigo de varios hermanos de la Salle, como de otros religiosos.
Todo lo anterior, porque ahora otro presbítero de Sololá, “otra vez Sololá”, como él mismo reconoce, me ha escrito. El manifiesta que “admira” que yo “tenga tiempo (y espacio) para hablar” de ellos, los curas.
Luego agrega: “Conozco personas que han sufrido mucho por causa de sacerdotes (y alguno de ellos me parece que en grado verdaderamente heroico) y que sin embargo no odian a los curas, ni a la Iglesia”.
No tengo espacio para comentar estos asuntos, pero si por este cura se tratara, yo no debería tener esta columna; pero para su consuelo le cuento que en varias ocasiones he pensado abandonar.
Lo interesante, sin embargo, es que dice: “El celibato es dejar algo bueno, el matrimonio, por algo mejor... El hecho que el celibato sacerdotal sea mejor indica nada más que el don de Dios es mayor en ese estado”. ¡Vaya! y pensar que mi ex catedrática de la Biblia como texto literario, ex religiosa para más señas, dijo en una clase: “Si algún recuerdo tenemos del paraíso: ese es el orgasmo”.
En otra parte de su carta, este cura escribe: “La perversión de la niñez en la escuela con la pornografía (perdón, debí de haber dicho “clases de sexualidad”) es atentar contra nuestra sociedad chapina”. ¡Sin comentarios! Y para rematar termina diciendo que las “prácticas antinatalistas, a las que nos (sic) obliga esta llamada Ley, están dirigidas contra los más pobres: son racistas y reflejan prejuicios de clase”.
Con esta línea de pensamiento se podría decir que las mujeres mayas que se reunieron el fin de semana en un centro católico, para pedir a Berger, no vetar esa ley, también serían racistas.
KUK’ PARIB ri’ man kuya’ taj katzijon jun rumal che kichomaj kib ajchaq’el tzij.
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