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Guatemala, jueves 08 de diciembre de 2005

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Opinión

ALEPH
Quemar al diablo

Más diablos son aquellos que saben que el demonio no existe, pero pregonan su existencia a los cuatro vientos.
Por: Carolina Escobar Sarti

Satanás, Belcebú, Lucifer, Satán, leviatán, demonio, patillas, demontre, anticristo, Pedro Botero, cachudo, todos son sinónimos de la palabra diablo y a todos supuestamente los quemaron ayer en Guatemala.

Si esto es verdad, hemos de alegrarnos porque se fue la maldad de esta tierra que alguna vez consideramos naturalmente bella y socialmente obscena. Ya se quemaron en leña verde los ladrones, los corruptos, los violadores, los asesinos, los hipócritas, los fariseos, los golpeadores, los explotadores, los injustos, los traficantes de personas y los que se aprovechan de la ingenuidad ajena.

Estos y otros demonios ardieron en llamas. También el demonio de la ignorancia, que nos hace sostener una tradición como esta o el de los prejuicios que nos hace creer que la maldad está en todas partes menos en nosotros mismos.

Esto de quemar al diablo nos lleva a cuestionar esta tradición en particular y todas las tradiciones en general, porque por lo visto no nos ha funcionado encender una hoguera un día al año para quemar allí a nuestro diablo. Vea los periódicos de hoy, entérese de las noticias de Guatemala y el mundo entero y vea que el problema no es del diablo sino de los hombres que han hecho de este planeta una bola de miseria.

¿O a usted nunca se le ha salido el diablo, como dicen por allí? Lo sublima muy bien, pero alguna vez en su vida le ha hecho daño a alguien por acción u omisión. No diga que no. Yo aprendí desde niña que el infierno no existe; que nosotros creamos cielos e infiernos; que lo bueno, lo no tan bueno y lo malo lo vivimos aquí en la tierra, y que cielo e infierno son apenas estados complementarios que nos toca vivir por determinadas circunstancias.

Mi concepto de Dios está lejos de ser el de un señorón de barba larga, prejuicioso y castigador, y mi concepto del diablo tampoco es el de un monstruo con cola, cachos y tridente, completamente vestido de rojo.

Quemar el diablo es simbólico y todos los pueblos, a lo largo de la historia, han necesitado de ritos y rituales de limpieza que representen su sistema de valores y creencias. Pero hay una cosa cierta: más diablos son aquellos que saben que el demonio no existe, pero pregonan su existencia a los cuatro vientos para mantener atemorizada a la población. ¿O acaso la culpa no es el mecanismo de control más efectivo?

Para los griegos el diablo no era otra cosa que el daimon, un ser dotado de poderes especiales, situado entre los humanos y los dioses, que tenía la capacidad de mejorar las vidas de las personas o de ejecutar los castigos de los dioses.

Para los cristianos, en cambio, es algo muy distinto construido principalmente a partir del Antiguo Testamento. En la edad media, la teología cristiana elaboró una complicada jerarquía de ángeles, relacionados con Dios, y de ángeles caídos o demonios, liderados por Satán.

Las almas buenas se iban con Dios, las malas con el diablo y las almas de quienes -por ejemplo- no se habían bautizado, se iban al limbo. Ahora los grandes jerarcas de la religión católica han decidido que el limbo no existe y quién sabe adónde se irán las almas de tanta gente normal, que hace lo mejor que puede pero a veces comete errores, lastima a otros, no se porta tan bien como debería, en fin, gente a la que “se le sale el cachudo”, como decimos por acá.

Pero más allá del aspecto religioso que puede respaldar esta tradición, están el aspecto de la salud y del medio ambiente. Aunque la quema del diablo sólo se lleve a cabo una vez al año, pregunte en los hospitales públicos y privados cuánto se incrementan los casos de niños con problemas serios en las vías respiratorias en los días siguientes a esta celebración.

Si las partículas irritantes se quedan a un metro de distancia del suelo varios días después y es precisamente allí donde se mueven los pequeños, ¿cómo no iban a irritarse sus vías respiratorias? Y esto sin mencionar a todos los pequeños que sufren quemaduras gracias a la quema de cohetes.

En cuanto al medio ambiente, es un absurdo agregarle más contaminación a la que ya tenemos y provocar una mayor abertura del agujero en la capa de ozono.

Mis sinónimos de diablo son la estupidez humana y la falta de solidaridad entre nosotros. Pero gracias a Dios, ya quemamos ayer al diablo y limpiamos a Guatemala.

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