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Vida Breve: La soledad del exilio
...dejan todo atrás sin poder volver algún día
Por:
Irina Darlée
En nuestro tiempo, porque había guerras, el hombre no significaba nada sin un pasaporte adecuado.
Cuántas personas han perdido sus patrias, su hogar, su trabajo y están lejos de sus familias. Huyen de haces y martillos rojos, de los campos de concentración, de las dictaduras de la izquierda o de la derecha, dejando todo atrás sin poder volver o sin el deseo de volver algún día.
Mucha gente de los países pobres emigra a los países ricos en busca de trabajo y de dinero. No todos enriquecen ahí y muchos mueren en el camino. Europa y los Estados Unidos son su meta, pero qué diferente es el destino que les toca a lo que habían soñado. ¡Qué dura la lucha y la soledad del exilio! Éste parece ser una historia demasiado larga para ser contada y a veces demasiado pesado.
Ningún tema literario como el del exilio ha llegado todavía a conmover al mundo y, sin embargo, está en el aire, en el ambiente y en el corazón de los que buscan desesperadamente contar su historia.
Las historias de los que viajan con muchos sellos en su pasaporte, que no logran el permiso de residir en muchos países.
El mundo está lleno de personas ilegales y de incapaces de adaptarse a un idioma que no es el suyo, a otras formas de vida, otras costumbres o comidas, y que por poco dinero trabajan y viven solos como un perro callejero, añorando sus lugares de origen.
Recordar es en realidad una tarea de amor. Y quién no recuerda, estando fuera de su patria, a sus madres que allí se quedaron o a sus hijos, que ya se han hecho personas mayores.
Los eternos extranjeros que sueñan con el exilio como una pesadilla, hombres a los que lejos de los suyos les desgarra la ansiedad, pensando en sus familiares.
Gente de campo a la que las grandes ciudades sitúan casi en el otro planeta, donde se sienten como en una ratonera, como me lo decía un hombre de un pueblito centroamericano, al que encontré en San Francisco, vendiendo refrescos junto al aeropuerto. O como los turcos, que viven en Berlín y conservan sus viejas costumbres.
Una anciana enjuta con un estrambótico sombrero en la cabeza, me apareció como un fantasma de una vida anterior en una noche fría y lluviosa de Viena, pidiendo una limosna y diciendo en buen castellano “Dios se lo pague”.
Cuántas mujeres frágiles y vulnerables dejaron sus respectivos países para ofrecerse en los umbrales y tugurios del extranjero. Cuánto hombre de los mojados cruzó el desierto entre México y los Estados Unidos para mandar dinero a su familia en Centroamérica y allí se ha juntado con otra mujer -por instinto- o por papeles y ya no ha vuelto...
El destino es imprevisible para los exiliados, refugiados, emigrados. “Regresar -me decía uno de ellos- a qué cuando todo cambia y los viejos se marchan de este mundo y uno mismo cambia y se seca sin sus raíces o se oxida como sus herramientas.
Es como si no hubiera mucha diferencia entre las cosas y las personas”, añadió el hombre que llevaba más de 40 años fuera de su país y al que ya se le habían muerto los padres, los amigos y hasta los recuerdos.
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