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Plástica: Javier Marín
Por:
Irma de Luján
Una escultura brotando desde dentro, esa es la de Javier Marín.
No creo que la escultura moderna haya creado en ningún momento o país unas cabezas como las modeladas por este escultor. Ajustadas a los relieves del pensamiento, pasionales, hendidas, con una expresión que abraza la materia, como una ruta del destino de los modelos, marcada por la garra del escultor.
Este artista ha sabido unir la fuerza más despeinada y abarrocada con tajos que proyectan sombras dramáticas o una belleza tímida. El gran dominio de la técnica escultórica que posee Javier Marín puede arrostrar todos los temas, escuelas y direcciones estéticas. Proclive a todas las abstracciones, con reacciones temperamentales y originalidad que el mismo Marín agota, posee una intención metafísica de donde surge un tema mental por esas difíciles conjunciones.
Con programas de grandes temas teóricos en donde radica la concepción de las formas, no desde la maciza materia sino desde el vacío, dejando que se consuma el corazón de la materia y haciendo corpórea y plástica su envoltura estructural. Confieso sin embargo que la genialidad de este escultor se nos aparece en su presencia más inmediata y aguda en las esculturas expresionistas.
En sus cabezas, en sus manos, más vibrantes y expresivas en algunos casos que un rostro. No es posible formular una teoría unitaria de esta fase escultórica, porque el concepto y hasta la técnica de cada obra está sujeta a revelar, hasta los últimos estratos emocionales del escultor. La más de las veces la materia con que están elaboradas estas cabezas se nos aparece rotunda y sólida, con simplicidad de planos y dureza de yunque.
En otras, la materia parece temblar. En otras cabezas hay simas y alturas como un paisaje dramático. Creo que en algunas obras no maneja una teoría preconcebida y unánime frente a sus obras.
Son estas los que le proporcionan el "fatum" plástico necesario para rebelarse en toda su potencia expresiva. Aún siendo de un realismo que agota la expresión. Para conseguir los efectos más pungentes y para ser fiel a su interpretación del modelo. Marín altera la anatomía, expresando en ellos el techo de luz y de sombra con que reparte el ser del hombre. Por eso es, también difícil apreciar una obra de este escultor por fotografía.
Hay que verlas en su totalidad plástica, en su tercera dimensión, contemplando la unidad orgánica de sus planos. Porque otra de sus virtudes es el dinamismo interno que articula todos los relieves. Todas se hallan como un vórtice expresivo, como en el ápice de una explosión emocional. Con temblor y fluidez, con todos sus esguinces en tenso juego. No es posible prever lo que Marín imagina frente a cada escultura.
Hay siempre sorpresas, tics inesperados, pasiones, alzadas de claridad y planos de sombría declinación. Son espectáculos únicos los que el escultor descubre frente a cada modelo y las cabezas y las manos resultan así tan radicalmente distintas.
En la obra de Marín cabría hablar del misterio de la faz humana. Olvidemos la deficiente instalación y la pobreza de la luz, la obra de Marín ilumina los espacios. Exposición que pudimos apreciar gracias a los servicios culturales de la embajada de México.
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