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DE MIS NOTAS No debería haber hambre
No hay lugar árido ni mala tierra. Todo se reduce a espacio, interés y entendimiento
Por:
Alfred Kaltschmitt
Cada vez que viajo al in- terior del país me impresiona la descomunal fertilidad de nuestras tierras y la benignidad de nuestros climas.
Tierras de esplendoroso sol regadas por largos días de lluvia. Tierras de hasta tres cosechas, si el sembrador se mete en los malabares de la producción intensa. Suelos, climas y microclimas de los más variados.
Se hace más patente esta generosa dádiva divina cuando uno compara las diferencias de climas de los países nórdicos, donde los rigores del tiempo son un latente recuerdo de que el frío es presagio de nieve y heladas, y con ello el lúgubre velo del invierno motivando a sus pobladores a prepararse para enfrentar su inhóspita compañía durante meses.
Durante ese período, la hibernación es una especie de muerte. Pareciera que toda la naturaleza se detuviera.
En la era preindustrial, el que no se preparaba para el invierno se moría. Así de simple. Había que almacenar leña, alimentos y forraje para los animales. La realidad obligaba a la planificación.
Quizás por esa razón es que los habitantes de esas latitudes son más planificados y ordenados que nosotros los tropicaloides, para quienes la benignidad del clima, con su permanente, prodigiosa y generosa productividad, nos induce al sopor, a la pereza y a la dejadez.
Mi señora —a quien le encanta sembrar las semillas de todo lo que comemos en casa— tiene una teoría muy plausible para acabar con el hambre.
Según ella, si cada uno de nosotros sembráramos las mejores semillas de las frutas y granos que comemos, al poco tiempo tendríamos de todo para comer.
“El recurso indispensable no es la tierra, —dice ella— sino espacio e interés”. De esa cuenta, una terraza en la azotea de una casa, un patio trasero o una ventana, son lugares con potencial productivo.
Confieso que al principio la teoría no me lucía tan factible.
Hoy, unos 15 años después, la productividad de nuestro pequeño terreno a las orillas del lago de Atitlán es un vergel con producción constante de plátanos, bananos de todas clases, aguacates, anonas, limones, naranjas, casi todas las variedades de papayas, jocotes, higos y duraznos.
Y el hábito continua, a tal punto que ahora la falta de espacio nos obliga a ser más selectivos.
Esto sin contar con las incontables flores y plantas ornamentales que hemos sembrado, incluyendo una huerta de especies.
Hace unos años estuve investigando el asunto y me encontré que, en efecto, las hortalizas y huertas urbanas son factibles y fáciles de cultivar en los lugares más inconcebibles, desde macetas colgantes o dentro de llantas desechadas cortadas a la mitad.
Se puede hacer con tierra abonada comprada o elaborada con los desechos biodegradables que uno va consumiendo en su casa.
También existen otros medios, como la hidroponía, o cultivo en agua, que utiliza el agua para la hidratación y como conductor de los nutrientes, que en este tipo de metodología se reducen a fertilizar mediante unas cuantas gotas por litro.
Y si una buena parte de las verduras que una familia consume en la ciudad se puede cultivar bajo estas metodologías, el potencial de hacerlo en el campo, —donde la mayoría de campesinos tienen extensiones más grandes de tierra es aún mayor— con la ventaja de poder sembrar árboles frutales con producción permanente.
Por eso cala tan hondo, que en Guatemala existan paisanos que no tienen para comer (porque no ven o no comprenden) que en su morral realmente hay comida de sobra.
Que no hay lugar árido ni mala tierra. Que no hay excusa. Que el mejor amigo de la prosperidad es el interés. Que si comprendemos eso somos ricos.
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