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HORIZONTES Penqueando a las viejas
Culturalmente hasta puede ser bendición
Por:
Francisco Beltranena.
En estos días se produjo una serie de acontecimientos que convulsionaron al mundo.
Fácilmente puede uno referirse a los continuos ataques que han recibido las tropas norteamericanas en Irak; sin embargo, no han sido los únicos acontecimientos que se sucedieron.
Por ejemplo, el caso del imán de Fuengirola, en España, es uno que luce como interesante, educativo y en cierta medida angustiante.
Resulta que los musulmanes tienen la costumbre, de penquear a la esposa, o mejor dicho a las esposas, porque de acuerdo con las enseñanzas, Alá les autoriza para tener varias.
De esa cuenta, hay musulmanes que disfrutan (o sufren) de un largo parentesco en esposas y en la prole de hijos que les dan.
En otras palabras, parecen una auténtica fábrica de chirices. Los moros notables que ocuparon España llegaban a tener noventa o cien hijos, siempre varones, porque las hijas hembras no cuentan aún hoy en día para la historia.
Los más ricos y poderosos suman cuarenta o cincuenta esposas, y como el Corán manda que todas se tenga la atención de administrarles una penqueada de vez en cuando, lo más probable es que se pasen la mitad de la vida y la otra preñándolas.
Imagínese usted por un momento que el cuate lo más probable es que llegue a tener un harén de esposas moreteadas por todos lados, lo cuál en los tiempos actuales muy probablemente pueda llegar a convertirse en un clavo de tremendas proporciones.
Pues anticipándose a ese tipo de clavos, el imán de Fuenguirola llamado Mohamed Kabal Mostafa, escribió un libro en el que explica la manera correcta de penquear adecuadamente a sus mujeres con sistemas imaginados para que no dejen huella alguna del cumplimiento de la tarea.
Si a usted se le ocurre mandarle un soplamocos a una de sus esposas lo más probable es que se le ponga el ojo morado, que le parta la oreja o que le bote un par de muelas.
Semejante exhibición en estos tiempos debe ser evitada de manera que los amigos y parientes no se enteren de las caricias conyugales.
Y si se le ocurre meterle un palazo a la vieja, es probable que le quiebre una o varias costillas lo que le hará tener que llevar vendajes y mantenerse en reposo hasta que curen.
Las patadas en las piernas producen los mismos efectos que sufren los jugadores de fútbol a la salida de un partido fuertemente jugado con el peligro que una patada mal dada puede romper los meniscos y requerir de atención médica con los consabidos costos.
Pues resulta que el imán Mohamed Kabal Mostafa, del pueblo de Fuenguirola, aconseja a sus seguidores que para no dejar marcas hay que pegarles en las palmas de las manos y de los pies.
Lo de pegar en las manos es algo que no merece calidad de invento, ya que en mis tiempos mozos con el uso de una tremenda regla milimetrada lo usaban algunos profesores.
Y en cuánto a lo de las plantas de los pies, fue un método ampliamente utilizado en la Royal Navy británica desde hace rato.
Lo curioso que resulta de todo esto es que, gracias a la moda de castigar lo que se ha dado en llamar “la violencia de género, el imán de Fuenguirola fue apresado por la justicia española por enseñar a pegar a las mujeres, aunque luego fuera dejado en libertad con la condición de que estudie la Constitución y la Declaración de los Derechos Humanos.
Surge acá una nueva cuestión a la luz del ejemplar caso de la justicia española en el caso del imán musulmán, y es que no sólo en la cultura musulmana, a la mujer se le pega y tampoco existe para la historia.
No son pocos los pueblos originados en Mesoamérica en los que así se trata a las mujeres.
Me pregunto yo: ¿qué le podría pasar “al pegre” por perseguir y penquear a la María con el leño porque anda muy pispireta?; y, ¿cómo habría sido castigado hoy en día al marqués de Sade?
¡Hasta la próxima!
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