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EDITORIAL Controladores: despido merecido
Es correcta y digna de aplauso la decisión gubernativa de solucionar la crisis provocada por la huelga de controladores aéreos del aeropuerto La Aurora al traer sustitutos de otras naciones y despedir a quienes tomaron la actitud rayana en lo irracional de dejar al país sin comunicación aérea con el mundo.
La importancia estratégica de este trabajo hace que un despido similar fuera decidido hace algunos años en Estados Unidos por el entonces presidente Reagan. Este es uno de los ejemplos más claros de los problemas que pueden derivarse de la posibilidad del derecho de huelga a la totalidad de los trabajadores del Estado, quienes pueden colocarse en la posición de chantajear a las autoridades gubernativas. Eso es, simple y sencillamente, inaceptable.
Pero el daño fue grave. El aislamiento del país porque los aviones no pudieron despegar ni aterrizar por casi un día. Salieron afectadas miles de personas, desde los pasajeros que perdieron sus conexiones en el extranjero y no pudieron llegar al territorio guatemalteco, hasta cientos de empresas turísticas: hoteles, restaurantes, transportistas y todo su personal.
Además de ello, los cientos de miles de quetzales que perdieron los exportadores de productos perecederos. Pero sobre todo, por el daño adicional que se le hizo a la imagen del país, en momentos de una situación económica problemática por muchas razones.
La huelga se agregó a los hechos violentos ocurridos en Los Encuentros. La manifestación supuestamente pacífica se convirtió en pillaje. Lo comprueba el incendio de varios camiones pertenecientes a la Cervecería Centroamericana por una turba que además de atacar y dejar malheridos a los choferes, evidentemente inocentes de todo este asunto, se robaron o destruyeron el producto que era transportado y que proviene de una de las empresas nacionales que tiene más y efectivos grandes planes de colaboración social.
En resumen, se puede decir que hoy Guatemala es un país donde turbas impiden el paso de vehículos y los incendian, y al cual es arriesgado visitar porque a los controladores se les podría ocurrir en el momento que les da la gana cerrar el principal aeropuerto del país porque quieren ganar más dinero.
Además de todo, en El Salvador hay una campaña contra Guatemala por los asaltos que sufren los visitantes de ese país. El Gobierno debe ahora hacer algo al respecto, al comprobarse que algunos de los asaltantes son ciudadanos salvadoreños.
El caso de los controladores revistió particular gravedad. Si es inaceptable que un grupo de campesinos o de sindicalistas impidan el paso de los pasajeros a la terminal aérea, porque muchos de ellos no tienen posibilidades de entender el alcance de los daños, los controladores son personas técnicas, con alta preparación, en cuyas manos está la vida de los miles de pasajeros que a diario llegan al país y que por razones de su trabajo, tienen conciencia del perjuicio que causaron a toda la comunidad. La democracia otorga a los gobiernos mecanismos legales cuando sufren chantajes.
Pero se necesita entereza, que el Gobierno guatemalteco parece haber empezado a aplicar.
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