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En tierra ajena, campesinos en México
Miles de guatemaltecos laboran en condiciones infrahumanas
Por:
Claudia Munaíz
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| Los campesinos que laboran en los ejidos del sureste de México trabajan y viven soportando las peores condiciones de insalubridad, maltrato verbal y, en ocasiones, falta de pago de salarios. Foto Prensa Libre: Mynor De León. |
“¿Me presta tabaco para el dolor de muelas?”, pregunta José Choc, de 19 años, en una finca cafetalera de Chiapas, México, a la que ha ido a trabajar. Como él, miles de guatemaltecos laboran en condiciones infrahumanas.
Se llama La Patria y es una de las numerosas fincas cafetaleras que se encuentran en El Edén, municipio de Tapachula, Chiapas, México.
Para Wendel Pérez de 13 años, Choc y los 130 jornaleros agrícolas que allí trabajan, ni es su patria ni es el paraíso. Las galeras en que duermen, junto a sus padres, carecen de las mínimas condiciones higiénicas. “Bajamos a bañarnos al río y hacemos nuestras necesidades en el campo”, dicen.
Trabajo familiar
Allí, cientos de trabajadores temporales guatemaltecos llegan para laborar uno o dos meses. Muchos no reciben salarios y optan por irse a otras fincas. La mayoría pasa la frontera sin papeles, por lo que es muy difícil denunciar los abusos en los puestos migratorios mexicanos.
Al amanecer, la familia Pérez, de Cuilco, Huehuetenango, camina por la carretera con los costales de café al hombro, bajo la lluvia. Los cinco niños acompañan a sus padres en la dura tarea de cortar el grano.
“No tenemos dinero, somos pobres y tenemos que trabajar para ganar 40 pesos (Q28) al día”, confía Juan Pérez. Ellos llevan 15 días en México. Cuando termine el mes se moverán a otra finca.
Entre los siete se tienen que repartir la ración de tortillas y frijoles que les dan en la finca.
Ninguno de ellos tiene documentos. Por eso, los menores no tienen derecho a recibir almuerzo, aunque trabajen en familia.
“Nosotros no contratamos menores. Y muchos adultos son voluntarios. Que los padres traigan a sus hijos hasta acá es decisión de ellos”, explica el administrador de la finca El Edén.
Credencial de visitante
Algunos guatemaltecos van a trabajar con contrato bajo el brazo, otros son voluntarios.
En ese sentido, el Instituto Nacional de Migración de México (INM) implementó en 2002 una credencial de visitantes agrícolas, avalado por el Ministerio de Trabajo.
Según fuentes del INM: “La forma les otorga la calidad y características migratorias de No Inmigrantes Visitantes Agrícolas, lo que les autoriza a trabajar durante un año, especificando las actividades que realizarán”.
El guatemalteco que la consiga en cualquier puesto fronterizo del estado de Chiapas podrá trabajar únicamente en la finca o ejido determinado y con el empleador señalado. Asimismo, podrá transitar libremente por ese Estado.
Los Pérez desconocen la existencia del documento. Por eso se irán moviendo de finca en finca. “Tienen estatus voluntario, están un mes y se van”, afirma el administrador del ejido Monte Perla, ubicado a dos kilómetros de la cabecera municipal de Unión Juárez.
El padre Ademar Barilli, de la Oficina de Derechos Humanos de la Casa del Migrante, en Tecún Umán, San Marcos, denuncia falta de voluntad política para solventar el problema de la migración. “El tema de los migrantes no es prioritario para el Gobierno. No interesa”, afirma.
En la Casa del Migrante faltan recursos para atender a los cientos de personas que acuden en busca de comida y techo para pernoctar. Ahí se difunde un pliego que reúne los derechos de los jornaleros. En el texto se les anima a denunciar abusos laborales en los puestos de Migración. Aún así, son muy pocos quienes se acercan a las delegaciones fronterizas.
“La mayoría tiene miedo porque no tiene papeles y desiste a la hora de denunciar impagos salariales”, afirma la Secretaria de Migración de El Carmen. En el consulado de Ciudad Hidalgo se habían recibido de enero a noviembre de 2004 sólo 23 denuncias por impago de salario.
“En este caso, el cónsul interviene, junto al patrono, para negociar el pago y resarcir al compatriota”, afirman fuentes de ese consulado.
Paradojas de la miseria
De enero a marzo empieza la afluencia masiva de guatemaltecos a México. Durante el trimestre pasado, la cifra fue de tres mil 500.
La frontera sur es la más pobre, marginada y olvidada de México. “Pero aquí gano más que en Guatemala y vengo por mis hijos”, expresa Amílcar Chávez, de 32 años, de Malacatán.
Si quiere ganar aproximadamente 40 pesos (Q28), debe llenar un saco de 40 kilos, aunque caiga el diluvio tan alejado de su patria.
Una patria de la que, paradójicamente, tienen que emigrar más de 30 mil guatemaltecos cada año en busca de su presente: sobrevivir.
Son las 11 horas en la finca Monte Perla. El caporal anuncia que termina el descanso. Chávez, congela el recuerdo de sus cinco hijos y reinicia el arduo trabajo.
Éxodo desde hace siglos
Miles de campesinos guatemaltecos ingresan a Chiapas.
Según el Instituto Nacional de Migración de México, en 2004 ingresaron 33 mil visitantes agrícolas a Chiapas.
En 2003 fueron 34 mil 500 documentados (con credencial de visitante agrícola).
En el mismo año, 72 mil 600 guatemaltecos fueron expulsados de Chiapas y otras delegaciones regionales.
En 2003, de 2 mil 900 menores asegurados (capturados), mil 900 eran guatemaltecos, 650 hondureños y 360 salvadoreños.
Las entradas de jornaleros se dan por Talismán, Ciudad Hidalgo, Unión Juárez y Mazapa.
Los campesinos duermen en galeras sin luz y sin sanitarios, y es difícil encontrar medicinas.
El salario en las fincas cafetaleras es de 40 pesos (Q28) por una caja de 40 kilos (unas 86 libras) de café.
En Ciudad Hidalgo se recibieron 23 denuncias por impago salarial.
“Lo peor es el hambre”
Modesta López, originaria de San Marcos, tiene 24 años y un hijo de un año, que lleva a la espalda mientras corta café en la finca La Patria, Chiapas, México. Ella trabaja como voluntaria y no tiene contrato: “Es duro trabajar con el bebé a cuestas todo el día, pero no hay ningún lugar para dejarlo”, asegura mientras toma un grano y se lo da a su bebé.
“Se pasa hambre, porque sólo nos dan comida a los padres. Las raciones las debemos compartir con nuestros hijos”, afirma.
En la mayoría de ejidos de Chiapas, la relación entre patronos y jornaleros es nula o casi inexistente. “A mí no me tratan, nadie me habla. Los encargados sólo vigilan que hagamos bien el trabajo”, agrega.
Las madres tienen que caminar tres kilómetros al día con sus bebés hasta los beneficios. Si necesitan medicinas, deben comprarlas en farmacias ubicadas en las fincas.
Para asearse, los jornaleros agrícolas deben bajar al río. “Lo peor es la falta de comida; les damos granos de café a los niños para que aguanten el hambre”, afirma López.
Las inclemencias del tiempo no conceden tregua, bajo el sol abrasador o bajo una lluvia torrencial, todos tienen que trabajar un mínimo de ocho horas diarias para ganar un sueldo que, a veces, no les pagan.
“Los jornaleros tienen derechos”
La Constitución Política de México y la Ley Federal del Trabajo regulan con relación al trabajo de obreros, jornaleros y empleados domésticos, derechos que también les corresponden aunque no sean mexicanos.
En el artículo 56 se especifica que las condiciones de trabajo en ningún momento podrán ser inferiores a las fijadas en dicha normativa. Los puntos más destacados son los siguientes: se puede dar por terminado el trabajo cuando el patrono o el personal administrativo le den mal trato (golpes, amenazas, mentiras) a los jornaleros o a su familia.
También cuando el patrono le baje el salario o no le pague en el día establecido. La jornada de trabajo es de ocho horas diarias. Si el trabajo es nocturno, son siete horas. La ley no permite jornadas excesivas (inhumanas).
Las horas extra le deben ser pagadas con el 100 por ciento más del valor de una hora ordinaria de labores, además de su salario. Por cada seis días de trabajo, deben disfrutar de un día de descanso.
El salario nunca será menor al fijado como mínimo, 38.30 pesos (Q26). La jornada para menores de 16 años no podrá exceder las seis horas diarias y disfrutarán por lo menos de una hora de descanso. Estos derechos son violados constantemente en las fincas del sur de México.
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