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EDITORIAL Riesgos en la intolerancia
E l nebuloso ambiente nacional, en el cual abundan la descalificación, el disenso y las demandas sociales, se ve agravado por la intolerancia exhibida por dirigentes de diversos sectores.
Si esas posturas son lamentables en personas sin una representación clara, lo son mucho más en quienes, en razón de su cargo o jerarquía, están a la cabeza de amplios grupos sociales.
Por esa característica, los segundos, ante todo, están obligados a medir y meditar sus palabras y actitudes, pues con su actuar irreflexivo sólo atizan el fuego de las pasiones que están exaltadas por las demandas insatisfechas o las promesas incumplidas.
Alarma el divorcio de muchos dirigentes sectoriales, de la sensatez, la cordura, la serenidad, la mesura y la templanza en sus respuestas, mientras escasean las actitudes respetuosas basadas en la razón y la tolerancia.
A menudo se blanden las armas de la venganza dialéctica y escenarios fatalistas en los que se presentan enfrascados en una lucha feroz entre el bien y el mal.
En los afanes de verse victoriosos, los contendientes han olvidado la preeminencia de los intereses colectivos sobre los personales y relegado al ser humano del centro de una discusión supuestamente orientada a reivindicarlo.
Los líderes enfrentados a esa guerra de palabras, cuyo fruto, la polarización, ya ha tenido consecuencias trágicas, como los disturbios en Sololá, predican pero no se convierten, porque sus agendas gravitan en torno de la paz como cultura y forma de vida, pero sus actitudes personales desnudan la falsedad de su discurso y sus intenciones.
En su actuación resalta, en cambio, el deterioro de los valores cívicos y morales y una ausencia crítica de la ética política, por la cual se reconozca y privilegie la equidad, la imparcialidad y la rectitud en el quehacer estatal, sectorial o personal.
A causa de la intolerancia se multiplican de forma exponencial los riesgos de la confrontación, porque no se atisba voluntad ni sinceridad de propiciar el diálogo como camino para resolver los conflictos.
Y cuando aquella puerta se cierra, inclusive para quienes son prisioneros de la obcecación y el resentimiento, se tienden puentes ominosos hacia la violencia y el uso de la fuerza, la cual, como acertadamente lo refirió alguna vez el Papa Pablo VI, nunca ha solucionado ningún problema.
El antídoto para la confrontación está en la tolerancia y en la vida en respeto, sentido común, equidad, carácter, honestidad y responsabilidad.
Si lo entendieran nuestros dirigentes, advertirían que, a veces, es necesario ceder o conformarse con una recompensa inferior a la prevista en determinado esfuerzo, para evitar un daño, o aceptar un mal menor para conjurar una consecuencia negativa mayor.
Los guatemaltecos hemos pagado una factura muy alta por la falta de tolerancia, y aún así, no terminamos de aprender de infinidad de lecciones.
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