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DE MIS NOTAS Minando la religión
La virtud más cristiana es promover el diálogo antes que la confrontación.
Por:
Alfred Kaltschmitt
En un país como el nuestro en el que la división es característica plena y la lucha de clases pan comido en los tres tiempos, hablar de unidad debería ser el tema central de las homilías y los sermones de los obispos y los pastores.
Un país que heredó la siembra del discurso confrontativo, el odio contra los que producen la riqueza, pagan los impuestos y emplean a la mayoría, debería ser objeto central de oraciones, ayunos e intercesiones de parte del clero, sea católico o protestante.
“¡Oh Señor, traed pan al pobre para saciar su hambre generando empleos! -sería el eco escuchado, resonando en las bóvedas de las catedrales, si estuviésemos a tono con la escritura que dice que busquemos la paz con todos en la tierra de los hombres de buena voluntad.
Deberían resaltar oraciones como “iluminad la creatividad de los emprendedores, los que buscan oportunidades de inversión para generar riquezas, para generar empleos bien remunerados y con prestaciones, que permitan a tanto desempleado que deambula por las calles o en los cerros estériles de maíces marchitos tratando de arrebatar un mendrugo a la ocasión para poder alimentar a su familia, pero no lo encuentra porque hay más desempleados que empleos”.
Debería haber intercepciones para los que mantienen a la iglesia con sus limosnas y diezmos; para los que le dan de comer al pobre generando y produciendo bienes y servicios. Pero en vez de eso, hay pastores que confunden hábito con activismo político, homilía con discurso social, elevando protestas en cosas que son ajenas al reino de los cielos y en cuyos laberintos son unos completos inexpertos.
Este próximo jueves la Diócesis de San Marcos, con su obispo al frente, encabezará una segunda manifestación “contra los proyectos de muerte de los poderosos y luchar para que haya vida digna para todo el pueblo” (sic). El activismo deviene que el obispo cree que la minería de cielos abiertos es mala para los habitantes de esa región basados en ciertos estudios que tiene en sus manos.
Los da como buenos e infalibles y cree que no hay posibilidad de haberse equivocado o de tener un punto de vista incompleto. Bajo ese paradigma posiblemente encabece en el futuro otra manifestación contra la pesca del atún, la producción de cueros de animalitos, la siembra de caña o la producción de llantas de hule. Cosas todas que, según él, podrían ser competencia de su ministerio.
Atrás quedó el tiempo en que leía en la Biblia, en el libro de Santiago, capítulo 3, versículo 17, la enseñanza de utilizar la sabiduría de lo alto en el ejercicio de su ministerio: “Pero la sabiduría de lo alto es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía” (el énfasis es mío).
También ha caído en el olvido el libro de Romanos, capítulo 13 versículo 1 y 2, donde se aconseja la sumisión a las autoridades constituidas, (estado de Derecho): “Sométase toda persona a las autoridades superiores, porque no hay autoridad que no provenga de Dios; y las que hay, por Dios han sido constituidas.
Así que, el que se opone a la autoridad, se opone a lo constituido por Dios; y los que se oponen recibirán condenación para sí mismos”.
Quizá otros colegas, más imbuidos en las cosas del Señor, estarían intercediendo por él para que sea más “prudente” y abierto al diálogo.
Quizá a través de una pequeña ventana espiritual el obispo y los que lo apoyan puedan percibir la falta de sabiduría en encabezar un movimiento que divide a la Iglesia inmiscuyéndola en activismos políticos totalmente alejados de temas del altar.
Quizá alguien pueda convencerlo de que la virtud más cristiana sería promover el diálogo antes que la confrontación.
Amén.
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