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CONTRASTES La bella Europa
Creo que ya es tiempo de ir olvidando el membrete de la “vieja Europa”.
Por:
Conrado Alonso
Recibimos el martes invitación para asistir en la sede del Instituto Guatemalteco de Cultura Hispánica a una culta y breve (dos veces buena) sesión de acercamiento a la Constitución para Europa cuyo texto será sometido a referéndum en España el próximo 20, al que todos los españoles estamos convocados.
Hizo la presentación del acto el excelentísimo señor embajador de España don Juan López Dóriga y a continuación tomaron la palabra dos cultas autoridades en la materia, funcionario uno del Ministerio de Asuntos Exteriores español y catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad de Alcalá el otro.
No puedo ofrecer a mis caros lectores ni un resumen de lo allí expuesto, por falta de espacio, conste, aunque puede imaginar que Europa y su plenitud actual, política, social y económica, fueron el tema principal, a grandes rasgos obviamente, hasta haber llegado a la formulación de un texto constitucional.
Un texto que viene a fortalecer la construcción europea moderna cuyos primeros balbuceos se dejaron oír por marzo de 1957 con la firma por seis países del Tratado Constitutivo de la Comunidad Económica Europea. Hoy son 25 países integrados en la Unión Europea, y serán más, coexistentes y autónomos.
Creo que ya es tiempo de ir olvidando el conocido membrete de la “vieja Europa” y de ir sustituyéndolo por el de la “bella Europa”, que también lo fue en sus años de juventud a pesar de los morongazos que se daban los unos a los otros. O no tan a pesar, sino precisamente por los afanes de toda juventud.
No olvidemos que la Europa actual todavía es hija de Agenor, rey fenicio de Tiro, y hermana de Cadmo, fundador de Tebas. Su belleza impresionó a Zeus y, en una tarde veraniega que ella entretenía cortando flores a la orilla del mar, la raptó, se la llevó, y todo lo demás pues daría a la divinidad tres hijos.
Así consta en el registro civil de la mitología griega y, salvo prueba en contrario que no creo podamos encontrar, la belleza de Europa y las constantes picardías de Zeus son inobjetables. Un tanto raro es; sin embargo, que la suprema divinidad recurriera a convertirse en toro para conquistar a una belleza femenina.
Salvo que los encantos de la bella Europa fueran tan complicados que desestimaran cualquier otra sutileza. Siempre ha sido así: bella e indómita, creadora de revoluciones, industrial y francesa, madre de ciencias y universidades, peleonera y justiciera, campo de cientos de batallas, y pregonera de la libertad.
Respiramos, pues, al atardecer del martes el aire de Europa. Por los alrededores, ritmos latinos que despedían al Carnaval. Falta ahora dar nuestro voto afirmativo a una unión de ciudadanos cada vez más hermosa y grande. Y no olvide, caro lector, los huevos de su desayuno, tan necesarios para otras uniones.
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