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XOKOMIL Arde Atitlán
Los incendios del verano han desatado sus lenguas de muerte
Por:
Dina Fernández
La montaña que se eleva sobre Santa Catarina Palopó, frente al lago de Atitlán, está negra.
Un incendio la devoró el viernes pasado, con lenguas de fuego que empezaban sobre las casas del pueblo y arrasaron el pasto seco hasta la punta del cerro.
Mi mamá pasó prácticamente entre las llamaradas cuando se dirigía a su casa de descanso en San Antonio Palopó.
Dice que el viento empujaba a gran velocidad las paredes de fuego hacia el norte, donde están los bosques de San Andrés Semetabaj, ante la mirada impasible de la gente.
El crujido de las ramas y los arbustos, convertidos en hoguera, duró varias horas.
Cuando yo pasé por el mismo camino, el sábado en la tarde, el incendio ya se había apagado.
La montaña se veía como un inmenso carbón: entre sus paredes de rocas filosas no quedaba más que ceniza.
Quién sabe hacia dónde huyeron los cenzontles de agua, los armadillos, los gatos de monte y las ardillas que la habitaban. Seguramente sólo quedan los alacranes: la compañía que nos merecemos por permitir semejante devastación.
No es la primera vez que somos testigos de un incendio en la región. Hace un par de año nuevos la misma montaña ardió, por un par de muchachos que estaban jugando con canchinflines.
Pero ahora, lo más preocupante es que la misma tragedia se está repitiendo en todos los rincones del país, donde los incendios azuzados por el calor del verano están destruyendo los bosques sin que el Estado, las comunidades y la sociedad en general desplieguen un verdadero esfuerzo para evitarlo.
De aquí a mayo, cuando empiecen las lluvias y ellas se encarguen de apagar el fuego, decenas de miles de hectáreas verdes serán cenizas. Me indigna que todos lo sabemos, pero somos incapaces de evitarlo.
Para Atitlán este incendio es una auténtica tragedia.
Yo he vacacionado en San Antonio Palopó desde que tenía poco más de cuarenta días de nacida, y me ponían a jugar en una olla llena de agua.
En ese entonces, veníamos a la casa en lancha porque el camino sólo llegaba a Pana, pero las montañas alrededor del lago se veían verdes, azules y moradas. Los cerros se ponían amarillentos en los meses del verano, pero las primeras lluvias los volvían a pintar de verde esmeralda.
Ahora los montes que nos rodean lucen áridos y pelados. Los volcanes han perdido ese manto esponjado que antes les proporcionaban las copas de los encinos, los ilamos, los guayabos, los pinos, los guachipilines y los matasanos.
En los días en que el cielo está despejado y el aire tiene esa transparencia que lo convierte en lente telescópico, el Tolimán, el Atitlán, el Cerro de Oro y el San Pedro, muestran su desnudez polvorienta y llena de grietas.
Hay muchas teorías sobre el continuo descenso del nivel del lago. Yo no soy experta en el tema, pero me parece imposible que el fenómeno no esté ligado a la deforestación de la cuenca.
Cada año perdemos ricas extensiones de bosque y agua.
Sin exagerar, podría decirles que el nivel del agua del lago puede bajar hasta medio metro anualmente.
El malecón de la casa, donde salpicaban las olas del Xokomil cuando mi mamá era adolescente, hoy sólo sirve de banca.
La playa donde yo nadaba de niña se ha vuelto un sembradillo de cebollas. A ese paso, mis hijos podrán ver cómo uno de los lagos más bellos del mundo se convierte en charco.
Guatemala no puede darse el lujo de perder sus bosques simplemente porque hace calor.
Tampoco puede permitir que se destruya uno de sus pocos centros turísticos importantes.
Me resisto a aceptar que cuando llegue abril la misma luna se teñirá de rojo por el reflejo del infierno que nos devora y nos deja ese campo gris, fértil para la muerte, que hoy cubre el cerro de Santa Catarina Palopó.
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