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Guatemala, lunes 06 de junio de 2005

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Opinión

XOKOMIL
El alivio de saber

La verdadera identidad de “Garganta Profunda” ha decepcionado a algunos estudiosos del caso Watergate.
Por: Dina Fernández

No sé si se deba a mi formación periodística, pero no me gustan los secretos.

No me gustan en mi vida personal y menos en la vida pública.

La experiencia me ha enseñado que los “secretos de familia” tarde o temprano estallan en mil pedazos produciendo auténticas telenovelas. Sé de algunos casos insólitos, de esos que uno creería que no suceden en la vida real, en que la necesidad de un transplante de riñón de pronto hace descubrir a padre e hijo que no comparten el mismo ADN.

Igual sucede en el gobierno o en los círculos de poder, sólo que ahí la onda expansiva llega a las primeras planas y los tribunales, como bien pueden dar fe Álvaro Colom o los ejecutivos de Enron.

Por eso prefiero la verdad, por difícil o dolorosa que parezca, a los silencios, las verdades a medias y los engaños, incluso los piadosos.

Así las cosas, no entiendo el desencanto que ha cundido al revelarse la identidad de “Garganta Profunda”, la fuente anónima que ayudó a dos jóvenes reporteros, Carl Bernstein y Bob Woodward, a realizar la hazaña periodística más famosa del mundo: desenmascarar al presidente Richard Nixon y demostrarle al público que la Casa Blanca estaba espiando a sus rivales políticos.

Cuando vi la foto del nonagenario Mark Felp, quien a principios de los años 70 era el segundo de abordo en el FBI, sentí un gran alivio, no esa decepción que experimentaron algunos colegas, para quienes contemplar el rostro sonriente del anciano en su andador fue como descubrir que el Mago de Oz era en realidad un enano insignificante.

Durante años, los estudiosos del desafuero de Nixon fantasearon pensando que el delator del caso Watergate podía ser algún personaje de altos vuelos, como Henry Kissinger o Alexander Haig.

Tal vez a Felp le haga falta el pedigrí de la fama, pero lo bueno es que su identidad viene a confirmar la calidad de la información que nutrió la saga de reportajes del Washington Post que le costaron la presidencia a Nixon.

El señor Felp era el segundo del mítico Edgar J. Hoover -el director del FBI que a través de sus profusos y detallados archivos llegó a manejar a varios presidentes de Estados Unidos- y por ello este burócrata tenía acceso a montañas de información precisa y confidencial.

Que Felp haya decidido filtrar la información a la prensa, en parte porque no lo nombraron a él sucesor de Hoover, tampoco me extraña. Está probado que los protagonistas de grandes eventos históricos no solamente actúan movidos por nobles principios e ideales. Tras sus decisiones hay circunstancias personales y pasiones muy humanas.

Por otra parte, inspira un profundo respeto que durante más de 30 años los cuatro periodistas que conocían la identidad de Garganta Profunda hayan sido capaces de guardar el secreto. Una promesa es una promesa: por fortuna todavía hay caballeros que honran el valor de su palabra.

Pero en lo que a mí respecta, ahora tengo una angustia menos en el sótano del inconsciente.

La humanidad guarda demasiados misterios que me gustaría ver resueltos: por qué colapsó la civilización maya, qué decía el libro perdido de Aristóteles, dónde quedó el Santo Grial, quién era la Mona Lisa y quién asesinó a Monseñor Juan Gerardi (o al presidente John F. Kennedy).

Los secretos nos proporcionan materia prima para grandes historias. Las novelas y las películas nos llevan de la mano por los principales hilos de la trama, con el alma en vilo, hasta resolver el enigma.

La realidad es a veces más egoísta y hay quienes -por remordimiento, vergüenza, vanidad o venganza- se han llevado a la tumba información que cambió la historia. Menos mal Mark Felp no lo hizo. El padre Orantes podría seguir el ejemplo.

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