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Guatemala, sábado 18 de junio de 2005

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Opinión

EDITORIAL
Arraigo, pobreza e imprevisión

Ayer, cuando los cuerpos de los 22 muertos en el deslizamiento de tierra en Senahú, Alta Verapaz, descendían a la tumba, algunas de las recriminaciones más escuchadas de labios de los deudos aludían al hecho de haber permanecido fincados en un lugar que ya en el año 2000 había sido escenario de una tragedia similar, con cauda de 13 vidas humanas perdidas.

Y el miércoles recién pasado, como en aquel 1 de junio del 2000, cuando la tierra tronó a las 20 horas de una noche lluviosa, los vecinos de Senahú fueron víctimas de una confabulación mortífera de naturaleza, pobreza, falta de opciones de traslado, apego al terruño, imprevisión gubernamental y miopía de las autoridades municipales locales.

Por desdicha para las víctimas y para el país, el ciclo infame de destrucción y muerte; de lamentaciones, promesas y buenas intenciones, se repite, en una característica propia de un país subdesarrollado, en donde se carece de visión desde las pequeñas hasta las grandes cosas, y por eso la sociedad no deja de dar tumbos en casi todo, por la falta de certeza en rutas y metas.

La tragedia de Senahú es digna de figurar en los anales de lo insólito y de lo increíble, pues se agota la capacidad de pensar para entender por qué, tras un desastre de grandes proporciones, pudo ocurrir otra inmensamente doloroso, con una diferencia de sólo cinco años.

En cambio, no es difícil explicarse la razón de las víctimas, pues aunque vivieron en carne propia el alud del 2000, su pobreza no les permitió ubicarse en lugares más seguros, y las autoridades, aparte de advertirles de los riesgos, no les dieron opción de traslado.

Ahora, después de este segundo zarpazo de la naturaleza, surgen señalamientos hacia presuntos responsables, incluso de sectores con parte de culpa, por no haber insistido ante las instancias correspondientes acerca de la inminencia de un nuevo deslizamiento.

Es obvio que, conociendo el riesgo, los afectados habrían recibido de buen agrado la oferta de ocupar otros terrenos y de ayuda para construir sus casas, pero sin duda aquella nunca llegó, no obstante que pudo provenir del Ejecutivo o de la municipalidad local.

Es importante que ahora se pase del mea culpa a los hechos, para que dentro de poco no se tenga que lamentar una tragedia de igual o peores características, al carecer los afectados de otra opción. Por eso, si esta surge, debe ser más atractiva que el explicable arraigo por el hogar de muchos años.

Si siguen en el lugar, se colocan en un desafío desigual frente a la naturaleza, que no propicia desastres, como suele creerse, sino sólo reclama el espacio que de manera temeraria e imprudente le han arrebatado.

La posibilidad de un nuevo hogar es lo menos que se puede aportar para hacer más llevadera la tragedia de los sobrevivientes, porque la vida de sus seres queridos no se compensa ni con todo el oro del mundo.

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