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Guatemala, sábado 18 de junio de 2005

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Opinión

CON OJOS DE MUJER
Carta de un papá

Aprendemos a ser hijos después de ser padres y sólo somos padres después de ser abuelos.
Por: Marta Pilón

Ayer fue el Día del Padre, no tan grande como el Día de la Madre, pero vale la pena meditar en su contenido porque algunos creen diferente y el papá es necesario para el hijo, para su equilibrio de vida emocional y material.

En nuestra sociedad la figura del padre no existe en todos los hogares y se ha que reconocido que esa carencia es base de la desintegración social y moral que vivimos; pero igualmente dañina es la indiferencia del papá que cree que con suplir lo material en abundancia todo está cubierto. El siguiente mensaje es para usted, querido papá lector.

“Hay un día en que los padres quedamos huérfanos de nuestros hijos, cuando crecen independientemente de nosotros, como el árbol y el pajarito imprudente, sin pedir permiso a la vida.

Un día se sientan cerca de ti y con increíble naturalidad te dicen cualquier cosa que te indica que esa criatura, hasta ayer en pañales y con pasitos temblorosos... creció. ¿Cuándo fue?, ¿por qué no lo percibimos? ¿Dónde quedaron las piñatas y juegos en la arena?

Crecieron y ahora los vemos zumbando sobre patines, con su pelo largo y suelto, entre hamburguesas y gaseosas, con el uniforme de su generación y sus mochilas en la espalda, en discotecas y peligros.

Nosotros, con el pelo cano. Son nuestros hijos, que amamos a pesar de los golpes, de las escasas cosechas de paz y las dictaduras de largas horas de búsqueda y espera. Crecieron observando nuestros aciertos y errores, que esperamos no repitan.

Hay un período en que quedamos huérfanos de hijos, ya no los buscamos en las puertas de las discos, pasó el tiempo del piano, futbol, natación... salieron del asiento de atrás y pasaron al volante de sus propias vidas.

Algunos papás fuimos a su cunita en la noche, para oír su alma respirando entre sábanas de infancia; después, los regañábamos por su cuarto lleno de carteles y música estridente.

Crecieron sin que agotáramos con ellos todo nuestro afecto. Al principio nos acompañaban gozosos, compartíamos Navidad y Año Nuevo. Después, viajar con los padres era esfuerzo y sufrimiento, no podían dejar a sus amigos ni a sus primeros amores.

Llega el momento cuando nos quedamos exiliados de los hijos, tenemos la soledad que habíamos deseado pero... entonces solo los vemos de lejos, hasta en silencio, esperando que elijan bien en su búsqueda de la felicidad y conquistar al mundo.

En cualquier momento nos darán nietos y a ellos daremos el cariño y tiempo no ejercido en los propios hijos. Los nietos son la última oportunidad de reeditar nuestro afecto, de enmendar en ellos los errores con nuestros hijos.

Parece que sólo aprendemos a ser hijos después de ser padres y sólo somos padres después de ser abuelos. En fin, como que aprendemos a vivir después que la vida se nos pasó”.

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