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COLABORACIÓN Unos pocos dientes blancos
La posición asumida en la OEA en algo sigue esa línea.
Por:
Danilo Arbilla
Sobre la OEA podría aplicarse aquella advertencia de Confucio a la quejosa gente del pueblo ante el perro muerto en el medio de la calle: “Sin embargo, observen cuán blancos tiene los dientes”.
Con ese criterio podría afirmarse que la reciente Asamblea sirvió para algunas cosas.
Primero: Para reconfirmar lo pésima que es la diplomacia de EE.UU. con el mundo entero y, en particular, con Latinoamérica. Aquí supera sus propias marcas. Le erró en todo el trámite previo a la designación del nuevo secretario general, el chileno José Miguel Insulza.
Para enmendar la plana, se apresuró a respaldarlo. Para muchos fue una especie de “beso de Judas” que hasta le dificultó la gestión en su primera asamblea.
Parecería que EE.UU. no termina de asumir la falta de credibilidad de su mensaje y por reconocer el alto rechazo que genera. Quizá sea por esa forma de autoengaño que le lleva a preguntarse ingenuamente: “¿Por qué no nos quieren?”.
Producto de esa miopía es que pretendiera patrocinar un comité permanente para supervisar la democracia en el hemisferio. No se puede ser tan “naif”. ¿Creían que no iban a tener oposición? ¿Cuál es la idea que tienen sobre los alineamientos de los países de la región?
Es cierto que, aún con el deterioro de los últimos tiempos, la democracia estadounidense funciona bastante mejor que unas cuantas otras.
Además, es verdad que, comparada con el régimen de Chávez -depuesto y vuelto a poner por los militares venezolanos- sigue siendo un gran ejemplo. Pero de ahí a ignorar la desconfianza que genera el criterio de los EE.UU. para elegir “amigos” y “enemigos” y del poco caso que hace de si son o no demócratas, resulta rayano con la torpeza.
Es muy difícil disimular que para el Departamento de Estado el tema democracia, en los hechos, no es una prioridad ni un factor excluyente. Basta observar su política con Oriente o recordar aquello tan ilustrativo de que “Somoza es un hijo de perra, pero es nuestro hijo de perra”.
En esta materia debería revisar sus papeles y empezar desde abajo. Hacer méritos antes que pretender digitar. Esto si es que le interesa Latinoamérica.
En esa misma línea, EE.UU. tendrá que rever esa vieja tendencia, que por lo menos viene desde Kissinger, de mirar a Brasil como una especie de tutor delegado.
En la Asamblea, Brasil se le puso de punta y de frente. Diplomáticos que han estado en Brasilia me han dicho acerca del canciller brasileño Celso Amorin que no es que no quiera a Estados Unidos, sino que lo que no quiere es a Occidente y, además, está muy consustanciado con el rol “imperial” de su país. La posición asumida en la OEA en algo sigue esa línea. Hay quienes dicen, empero, que lo que Brasil buscó fue no perder protagonismo frente a Venezuela y a la vez responder a las críticas internas sobre “desviaciones” del PT.
Otros piensan que lo que no quiere Brasil es que un “comité permanente” o la Secretaría General le peleen la “tutoría”.
Pero más importante que todo ello, y que EE.UU. parece ignorar, es que en América Latina a la gente no le causa ninguna gracia la idea de una tutoría. Cualquiera sea, y menos la brasileña.
Brasil no es un buen vecino ni un buen socio. Como dicen por la región, sólo “rasca para adentro”. Para los brasileños eso está bien, pero para el resto es costo. Los “sueños imperiales” no sólo se sospechan y se suponen; también se sufren.
Segundo: se confirmó el poco respeto que en la práctica y en su esencia ha merecido la Carta Democrática.
Tercero. Quedó claro que Insulza tiene una muy ardua tarea por delante.
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