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EDITORIAL Tragedia de un país sin lectura
Dos informes recientes relacionados por el vínculo de la educación dan la alerta sobre dos variaciones de la crisis cultural que agobia a Guatemala: por un lado, sólo el uno por ciento de guatemaltecos tiene hábito de lectura permanente; por el otro, 850 mil personas se suman cada año a las huestes nacionales de analfabetas.
Evidentemente, lo segundo es en parte consecuencia de lo primero, porque en Guatemala, además de las personas que nunca aprendieron a leer y escribir, existen millones de analfabetas funcionales, quienes, aunque saben leer y escribir, son incapaces de entender lo que leen.
Los dos grupos son responsables de la crisis de lectura existente en el país y entre ellos se incluyen, desde luego, a los cabezas de familia, que completan, junto con el Estado y la sociedad, el frente señalado por los grandes rezagos educativos de Guatemala, por cuanto los maestros y los padres son, para los niños, los grandes modelos a imitar.
En el divorcio de la lectura reside la ignorancia y el oscurantismo que llevan a actitudes antisociales, por lo general de característica criminal, porque sin cultura, el ser humano permanece en estado primitivo y sin evolución.
La falta de lectura es la causa de que la gran mayoría de compatriotas no tenga acceso a la cultura, al entretenimiento, al crecimiento personal, la libertad individual, la imaginación y la creatividad; que carezcan de base para desenvolverse con soltura y seguridad ante los demás, y de información para tomar las mejores decisiones en beneficio propio, de su familia y de su patria.
Leer es una bendición para el ser humano, porque los libros y los periódicos le abren la ventana del mundo, con lo cual tiene el poder de descubrir otras ideas, criterios y culturas y construir un pensamiento propio para discernir y rechazar a quienes pretendan esclavizarlo mediante la demagogia y la represión.
Por algo, Rubén Darío, bardo nicaragüense de estatura universal, exclamó: “El libro es fuerza, es aliento, es antorcha del pensamiento y manantial del amor”.
Los indicadores vergonzosos de cobertura educativa, deserción, analfabetismo o baja inversión en esa actividad prioritaria no cambiarán mientras no se culturice a la población, y el único camino para hacerlo reside en la lectura, considerada una prioridad pedagógica por ser la base de la comunicación social y esencia insoslayable del ser humano.
La tarea recae primero en el hogar, porque padres cultos tienen hijos lectores. Por eso deben trabajar con los maestros para que el niño encuentre gratificante la inducción a la lectura.
Sin padres y maestros que sean ejemplo de lectores, jamás se podrá exigir y lograrlo en el infante.
Estos dos protagonistas sociales tienen la palabra: seguimos como estamos, con niños crecidos en la incultura y para ser manipulados, o los conducen triunfantes al encuentro con el razonamiento, el saber y el éxito.
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