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EDITORIAL Precariedad de la obra vial
Las lluvias provocadas por la tormenta Stan en Guatemala han golpeado fuertemente la infraestructura vial en la región afectada, hasta convertir el aislamiento de muchos poblados en el problema más complejo después del humano, representado por las personas muertas, lesionadas o desaparecidas.
El meteoro y una subsecuente depresión tropical, con su cauda generosa de lluvia, derrumbes y deslaves, han destruido o inhabilitado puentes e inundado y arrasado tramos carreteros. Esos efectos han desnudado la fragilidad de la infraestructura vial, porque aunque en algunos casos sea explicable el daño, debido a la magnitud de tales fenómenos, en otros, sencillamente afloró la mala calidad de la obra.
Guatemala ha sufrido dolorosas lecciones debido a la precariedad de aquella infraestructura, como se recuerda con los daños del huracán Mitch, en 1998. Una sociedad previsora habría aprendido de aquella catástrofe y tomado los aprestos necesarios para mitigar sus efectos. Sin embargo, siete años después, se viven similares o peores problemas en el ámbito vial.
Evidentemente, la experiencia de aquella catástrofe no sirvió de nada para ser más previsores en cuanto al mantenimiento, y fundamentalmente, en las exigencias de estabilidad y duración en el diseño, construcción y supervisión de obras como puentes y carreteras.
Por eso, ahora se constata con pena la falta de rigurosidad para garantizar la permanencia de la infraestructura ante embates naturales de potencia media, como el actual, pues ésta debió resistir si la construcción y el mantenimiento se hubiesen hecho con responsabilidad.
Para garantizar la calidad de la obra pública se debe ser muy exigente en materia técnica, y esto toca, indefectiblemente, la naturaleza ética de los contratos, en los cuales gravitan el compadrazgo, el tráfico de influencias, la compra de voluntades y los intereses creados, en un escenario perfecto para los arreglos debajo de la mesa y la falta de exigencia en cuanto al trabajo pactado.
Por ejemplo, en el caso del puente Nahualate, en la ruta al Pacífico, a nadie con dos dedos de frente -menos aún si se trata de un profesional de la ingeniería- se le habría ocurrido conectarlo con dos accesos carreteros sin ningún resguardo lateral para la previsible erosión de la corriente del referido río, y el resultado desastroso de ese mal trabajo está a la vista.
Y a la inversa, obras construidas hace muchos años, tal el caso de los puentes de la época del gobierno de Jorge Ubico, aún siguen en pie, después de más de seis décadas de servicio.
Este tema rebasa el interés meramente mercantilista de la construcción, para tocar linderos éticos, morales, legales y humanísticos. Por eso, debe originar debate y soluciones para evitar su recurrencia, porque la situación del país no aguanta más manoseos con epílogos por lo general dolorosos, como cuando las tragedias cobran vidas humanas.
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