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Guatemala, jueves 27 de octubre de 2005

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Opinión

ALEPH
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Ningún gobierno ha querido entrarle de frente al tema de las cárceles.
Por: Carolina Escobar Sarti

Cuando un sistema se cae en pedazos, ni Superman puede solo. Es verdad que un individuo puede hacer la diferencia en cualquier lugar, pero en soledad no llega muy lejos. Para hacerle frente a los recurrentes temas de la violencia y la corrupción en las cárceles guatemaltecas, no bastan un ministro y algunos directores de centros de detención con buenas intenciones; se necesita cambiarlo todo: el sistema penitenciario, el sistema de justicia, el sistema educativo, el sistema parlamentario, el sistema económico, el sistema de seguridad, el sistema laboral y el sistema social guatemalteco, entre otros.

Que en Guatemala se fuguen desde el reo más peligroso, hasta el político más corrupto, pasando por los más sofisticados ladrones de financieras, no son eventualidades.

No importa la vía de salida ni el “rango” social, todos los fugados saben que las redes de la corrupción guatemalteca están a su servicio.

Guatemala es un paraíso para cualquier tipo de delincuentes y criminales; jueces, guardias, policías, altos funcionarios, militares, ciudadanos de diversos sectores y niveles, gente de aduanas, fiscales, todos los corruptos que ponen los engranajes a funcionar en este tipo de situaciones, forman parte de una sociedad que está en crisis.

Sin embargo, desde los remotos tiempos de la guillotina, cortar cabezas parece ser uno de los pasatiempos favoritos. Cuando una fuga como la de hace pocos días sucede, la muchedumbre pide a gritos un chivo expiatorio.

Simbólicamente, a ese individuo se le pone sobre los hombros todo el peso de la ineficiencia y la corrupción de un Estado. “Que renuncie el ministro”, “que se despida al director”, parecen ser las fórmulas mágicas que las poblaciones poseen para hacer desaparecer la corrupción de tajo.

Pero aquí hay mucho de podrido y una golondrina sola no hace verano.

En este caso particular de la fuga de 19 reos, a la complicidad de ciertos guardias y otros funcionarios carcelarios, podemos agregar el hecho de que los ministros de la Defensa y de Gobernación no reaccionaron a tiempo y con seriedad a los avisos de una posible fuga en esa cárcel de “alta seguridad”.

A pesar de las sumas millonarias que el presupuesto nacional destina para el Ejército, éste no cumplió con ofrecer seguridad. Tal vez porque no habría mucha televisión filmando, como en el caso del huracán Stan.

Tampoco hay una Ley del Sistema Penitenciario, y hasta ahora, después de no sé cuántas fugas y hechos de sangre en distintas cárceles, el proyecto será incluido en la agenda parlamentaria de la próxima semana, gracias a la “generosidad” de algunos diputados.

Y cuando esté la ley aprobada ¿habrá personas honestas y recursos suficientes para hacerla viable?

Hay que creer que éste será uno de muchos otros pasos en el camino que nos hemos trazado como nación.

Ningún gobierno ha querido entrarle de frente al tema de las cárceles, porque esto de invertir demasiado en delincuentes les reditúa pocos beneficios políticos. ¿Qué población empobrecida vería con buenos ojos que un gobierno se gaste mucho en cárceles y poco en atender las demandas básicas de la ciudadanía?.

La cuestión no es de forma, sino de fondo. Claro que hay que tomar acciones inmediatas en muchas direcciones, pero no se trata sólo de ver si las cárceles deberían de ser administradas por manos privadas o estatales, o de echarle la culpa a Juan o a Pedro, o de caer en el fatalismo de que aquí las cosas nunca van a cambiar, sino de hurgar más hondo en esta sociedad prisionera de sus propias miserias.

Soy de las que cree que todo ser humano que ha sido bien tratado desde niño por su familia y por su sociedad, difícilmente devolverá violencia.

Habrá sus excepciones, pero la regla no será que cada día haya más cárceles llenas.

Esta sociedad y este sistema no han tratado bien a millones de personas, por eso tenemos más maras, más crimen organizado, más reos, más armas, más sangre.

Hemos socializado la pobreza, el hambre, la hipocresía, la violencia, los fanatismos y el analfabetismo. ¿Qué más podríamos esperar?

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