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Guatemala, sábado 03 de septiembre de 2005

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Opinión

ALEPH
Katrina y el protocolo de Kyoto

El gobierno de Bush ha sido fuertemente criticado por la manera en que ha enfrentado esta crisis
Por: Carolina Escobar Sarti

“Estamos encarando una de las peores tragedias naturales en la historia de nuestra nación”, exclamó el presidente desde la Casa Blanca y terminó sus declaraciones señalando: “Esta recuperación tomará años”.

Oyendo las palabras de Bush luego de haber sobrevolado la zona afectada por el huracán Katrina, no se puede sino pensar en el cambio climático que se ha venido dando en todo el globo terrestre, en lo que eso ha afectado a la humanidad y en lo que podría seguir afectándonos a futuro.

De ingenuos sería afirmar que los desastres naturales son algo nuevo, pero innumerables estudios científicos aportan dos cosas interesantes: que la acción irresponsable e irreflexiva del ser humano ha provocado fuertes cambios climáticos en el planeta y que eso está directamente relacionado con el aumento de las catástrofes naturales.

La Federación Internacional de Asociaciones de la Cruz Roja y Media Luna Roja dio, hace un par de años, informaciones importantes: “El número de desastres se ha duplicado con creces, de mil cien en los años 70 a dos mil 472 en los años 90, y los damnificados han pasado de algo más de 700 millones a cerca de dos mil millones”.

La misma NASA y también la Oficina Meteorológica del Reino Unido, reconocen que “las posibilidades de que los cambios observados en el casquete del hielo ártico durante los últimos 40 años sean debidos a la influencia humana son del 99.9 por ciento”. Y con esto se refieren a la acumulación de gases de efecto invernadero procedentes de la quema de carbón, petróleo y gas natural.

Eso sólo confirma lo obvio: hay un parentesco directo entre el número y la dimensión de las catástrofes actuales y el cambio climático producido por una intervención humana irresponsable sobre el medio ambiente.

Esta vez el desastre anidó en el territorio estadounidense que bordea el Golfo de México, y a lo largo de los 234 mil kilómetros cuadrados que fueron afectados por el huracán, se viven hoy situaciones de dolor, temor y anarquía.

Miles de personas están varadas sin comida ni agua, los saqueos son inevitables, la ayuda no fluye con la rapidez debida, las vías de ingreso son restringidas a ciudades como Nueva Orleans y el gobierno de Bush ha sido fuertemente criticado por la manera en que ha enfrentado esta crisis. Cien mil posibles muertos, veinte mil refugiados y daños irreparables a la producción petrolera en esta región donde se genera el 20 por ciento del bombeo energético de Estados Unidos, es el saldo inicial de esta catástrofe.

Sin embargo, y con todo lo obvia que puede resultar una ecuación como la de cambio climático es igual a mayores desastres naturales, el Gobierno estadounidense sigue resistiéndose a firmar el protocolo de Kyoto.

No hago mención de esto porque una firma vaya a resolver nada de la situación actual, sino porque la coyuntura nos hace ver más allá, hacia el futuro de una humanidad que nos compete a los hombres y mujeres de todo el mundo, y sobre todo a un país que genera la cuarta parte del total mundial de gases de efecto invernadero.

Claro que ningún protocolo vale un ápice si los gobiernos que lo ratifican no demuestran la voluntad política de cumplirlo, pero por algún lado se ha de comenzar a tirar de la cuerda. El de Kyoto es un instrumento que obliga a los países industrializados que lo ratifican, a disminuir la emisión de los seis gases que provocan el calentamiento global.

Su objetivo para el período 2008-2012 es el de reducir estos niveles de emisión en un 5.2 por ciento, respecto de las cifras de 1990. Ante este mandato, el Gobierno de EE.UU. se niega a tocar su industria energética, dependiente de combustibles fósiles, en detrimento de las energías renovables.

Considero una estupidez que algunos líderes y ciudadanos islamistas digan cosas como que el huracán Katrina es un soldado enviado por Dios para combatir a su lado; esa miopía es enfermiza.

Sin embargo, y antes de situar las cosas en el terreno de los dogmas, habría que irse a leyes físicas que hablan de que a toda acción corresponde una reacción.

Si cuidamos mal el planeta donde vivimos, lo único que nos irá quedando son ciudades fantasmas, como la que antes fuera la cuna del jazz.

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