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Guatemala, lunes 05 de septiembre de 2005

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Opinión

EL QUINTO PATIO
Cultura ecológica

La destrucción de la ciudad de Nueva Orleans demuestra cuán vulnerables somos ante los embates de la naturaleza
Por: Carolina Vásquez Araya

La arrogancia humana no es cosa nueva. Cada pequeño avance en la ciencia o la tecnología —desde la invención de la rueda o antes de ella— ha provocado sentimientos de euforia y la proclamación vana de la superioridad del hombre.

Sin embargo, la naturaleza indefectiblemente nos recuerda la enorme debilidad de la especie humana y, sobre todo, la inconsistencia de nuestra manera de vivir en un planeta como éste, cuyo delicado equilibrio está siempre en peligro por nuestras acciones.

Los efectos del recalentamiento global empiezan a manifestarse de manera brutal a lo largo y ancho del mundo, pero aún hay quienes desechan el tema por considerarlo una forma de romanticismo alejada de la realidad.

Entre éstos, algunos líderes del primer mundo que se afanan tercamente en proteger los intereses económicos de las grandes compañías transnacionales, aún cuando estos intereses impliquen la destrucción de enormes extensiones de bosques y el agotamiento de importantes fuentes de agua.

La consecuencia de esa falta de cultura ecológica, de esa deficiencia conceptual y la consecuente inmediatez derivada de sus políticas, impactan en la vida y el futuro de millones de personas, no sólo en sus propios territorios sino también en el resto del mudo.

Por supuesto, es innegable que los desastres naturales han existido siempre, desde el principio de los tiempos.

Pero la comunidad científica ha emitido, desde hace ya varias décadas, una serie de llamados de alerta basados en mediciones y observaciones cuidadosas de los fenómenos atmosféricos, por medio de los cuales exigen la vigilancia en el uso sostenible de los recursos naturales, la protección de las especies vivas, la aplicación de restricciones en el uso de ciertas tecnologías capaces de destruir o alterar determinados sistemas de vida natural y la creación de protocolos —como el de Kyoto— para limitar el uso de productos industriales y procesos químicos dañinos para la salud del planeta.

La respuesta a estas advertencias ha sido la adopción parcial de medidas de protección ambiental en algunos países desarrollados, las cuales no han logrado disminuir —ni siquiera en una proporción mínima— el avance de la erosión ocasionada por la explotación irracional de recursos naturales no renovables y la destrucción irreversible de millones de kilómetros cuadrados de bosques nativos en todos los continentes.

Las consecuencias de esta voracidad y falta de previsión, no se han hecho esperar. La alteración del cuadro climático y los desastres naturales derivados de la pérdida del equilibrio natural, lo demuestran con creces.

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