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Guatemala, viernes 23 de septiembre de 2005

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Opinión

EDITORIAL
Insigne palacio corre peligro

Los 456 años transcurridos desde la construcción del Palacio Real o Palacio de los Capitanes Generales, de Antigua Guatemala, le están pasando la factura en términos de deterioro y de un potencial colapso a uno de los monumentos más característicos de la fisonomía de aquella ciudad colonial.

El suntuoso edificio, de 100 metros de longitud y 26 arcadas, coronado con el escudo de armas del rey Carlos III de España, está gravemente enfermo y requiere de pronta asistencia, si se desea conservarlo como testigo mudo de pasadas glorias y algunas infamias, como la atribuida a Francisco Morazán, el presidente de Centroamérica de 1830 a 1838, respecto del supuesto robo de un bello reloj integrado a su estructura.

La voz de alarma, dada por el Comité pro Mejoramiento y Rescate de ese palacio, debe ser atendida de inmediato, para evitar el avance y complicación de su deterioro y para mantenerlo en pie, como ha ocurrido en otras etapas de su añeja existencia.

Por ejemplo, luego de los daños afrontados por su estructura en los terremotos de 1717, y ante la decisión de instalar en él la Casa de la Moneda, en 1735, se le adicionó su característica actual de doble arquería.

El costo para recuperarlo no es poco. Algunos lo estiman en Q60 millones, pero este monto, aunque elevado, no está en el cielo, y puede reunirse con aportes individuales e institucionales.

Rescatar este edificio de abolengo de su potencial colapso es un asunto de interés y dignidad nacional de la competencia de todos los guatemaltecos, pues aunque se halle en la ex capital del país, tiene un elevado valor emotivo, por ser parte de la historia patria.

Se debe lamentar, sin embargo, el abandono y descuido de ese y otros tesoros arquitectónicos de Guatemala, por parte del Ministerio de Cultura y Deportes, y su indiferencia ante ese caso específico, bajo el argumento de carecer de fondos, aunque sí los haya para asuntos con menos importancia social.

El deterioro de este palacio amerita acciones urgentes, pues sería inconcebible el derrumbe, por indiferencia gubernamental y social, de uno de los edificios más representativos de la ciudad realzada por la Unesco con el título de Patrimonio de la humanidad.

Si desapareciera, sería como arrancarle a Antigua parte de su alma, en un trance tan doloroso como privar a Quetzaltenango y a Totonicapán de sus teatros; a San Marcos, de su Palacio Maya; a Salamá, del Templo de Minerva; a Cobán, del Calvario; a Esquipulas, de su basílica; a Chiantla, de la iglesia donde veneran a la Virgen, o a San Agustín Acasaguastlán, de su templo colonial.

Además, el deterioro de este palacio debe ser como una voz de reclamo a la conciencia de los antigüeños, para involucrarse más en la conservación de su ciudad, pues además de la identidad y el valor histórico, está implícito en ello la plusvalía, el beneficio individual y el bienestar generado por el turismo.

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