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EDITORIAL Migrantes, con razón histórica
El caos ficticio del 14 de mayo de 2004, imaginado para California por Sergio Arau, en su película Un día sin mexicanos, parece llamado a convertirse en realidad el próximo 1 de mayo, cuando 40 millones de inmigrantes protagonicen una huelga general, en rechazo de la discriminación imperante en EE.UU.
Ese Día sin migrantes que cobra fuerza en la comunidad hispana, justificadamente indignada por el propósito del Gobierno estadounidense de considerar criminales a quienes carezcan de documentos en regla, sin duda avivará el debate migratorio, pero demostrará, además, la fuerza de aquellos como productores, consumidores y piezas clave de la vida social de aquel país.
Las recientes protestas de hispanos en EE.UU., en las que oriundos de diversos países al sur de aquella nación demostraron su unidad, determinación y fortaleza para luchar contra la ley 4,437, aprobada en diciembre, anticipa el éxito de la huelga del 1 de mayo, especialmente porque, al margen de su propósito de reclamar la regularización de 12 millones de indocumentados, actualizará el debate acerca de los contrastes de aquel pueblo que se dice habitado por 92 por ciento de cristianos.
Esto último es una de las ironías más patéticas de quienes se consideran dueños de aquel territorio, pues sus actitudes deshonran el espíritu de esa fe, de amar y ser solidarios con el prójimo.
Por supuesto que, tal como lo señalamos en nuestro editorial del miércoles recién pasado, los inmigrantes no imploran compasión, sino justicia e igualdad de trato, pues si se pudiera regresar el tiempo a octubre de 1620, un mes antes del arribo a Massachussetts del barco Myflower con los primeros colonizadores ingleses, y se aplicara a éstos y a sus descendientes las normas discriminatorias y racistas que ahora abanderan sus descendientes, tanto los extranjeros de ahora como los de antaño y sus generaciones tendrían que abandonar aquel territorio o exponerse al trato estigmatizante e inhumano que también tendrían derecho a aplicar los aborígenes.
Si eso se hiciera realidad, de los actuales 298 millones de estadounidenses, sólo tendrían derecho a ocupar aquel territorio los 2.4 millones de habitantes considerados descendientes de los nativos.
El resto, con su arrogancia humillada, despertaría entonces a la realidad de que también son simples huéspedes de EE.UU., porque sus ancestros vinieron del Reino Unido y de otras naciones europeas, de África y de Asia.
Auguramos que el ejercicio cívico del 1 de mayo golpee la vanidad de los políticos radicales estadounidenses, para que recuerden que la compasión de los indios wampanoag permitió sobrevivir a la mitad de los separatistas religiosos que fundaron ese país, aunque el pago para aquellos samaritanos haya sido la traición, algo parecido al trato que dan a los actuales inmigrantes, pues los discriminan, pero se sirven de ellos para mantener en marcha su aparato productivo.
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