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EDITORIAL Crimen acecha a nuestros niños
Dos hermanos –una niña de 10 años de edad y un infante de sólo un mes– se convirtieron, en la madrugada del jueves recién pasado, en esta capital, en las más recientes víctimas de la abominable vorágine de terror, la que, en su nivel más despreciable y sanguinario, se ensaña ahora con los miembros más débiles de nuestra sociedad.
Los demonios sueltos por todas las latitudes patrias han llevado la violencia a niveles aberrantes de impiedad. Resulta imposible para una mente sensata imaginar y mucho menos justificar los móviles de personas degeneradas y enfermizas para segar la vida humana.
Y si ese acto extremo y abyecto de la maldad es injustificable e inexcusable desde cualquier punto de vista, lo es aún más cuando se consuma por banalidades, como el pretexto recurrente entre mareros y otros malhechores de la más baja estofa, de responder con ese manotazo cruel a la imposibilidad de sus víctimas de pagar una extorsión, por carecer de recursos económicos.
La frecuencia del asesinato de niños constituye un alerta público acerca de esta afrenta latente para el sector en quien descansa el futuro social, pues están en riesgo de perder la vida, los martiriza el temor a ser la próxima víctima, y los agobia la ausencia de respaldo en la familia, las leyes y las instituciones para crecer seguros y desarrollarse de manera integral como seres humanos.
Cada vida infantil segada por estos energúmenos fortalecidos por la incapacidad del Estado para combatirlos debe ser un grito lacerante a la conciencia de cada guatemalteco honrado para exigir, pero también para coadyuvar al rescate de la Patria de este infierno con trazas de un pasado tenebroso y con un camino con visos de prolongarse, trágicamente, por un sendero sin fin.
El signo ominoso de muchos de los actuales crímenes hace recordar, de manera inevitable, los horrores y los excesos de la guerra interna, en donde la tortura y la saña como formas de advertencia y macabro escarmiento eran, como ahora, la característica común de aquel prolongado baño de sangre.
El surgimiento de esas formas de castigar el cuerpo –pero también el alma hasta extremos de lo dantesco– desnuda una realidad desbordada: no se trata de asesinatos cualesquiera, sino de golpes ruines, miserables y repugnantes, agravados por la saña y por el número de víctimas en un solo hecho, matizados con las excusas oficiales de siempre: en la guerra, porque el muerto era desafecto de uno de los bandos en pugna y, ahora, por el narcotráfico, el crimen organizado o el pandillerismo.
Se ha prolongado demasiado tiempo el beneficio de la duda para las autoridades de la Fiscalía y de seguridad. Los ciudadanos se preguntan, con razón, cuándo despertarán aquéllas de su inercia y si acaso no habrá llegado el momento de la contrición propia para evaluar su desempeño. Parte de la respuesta la da el paraíso de la impunidad en que su ineficiencia ha convertido a toda Guatemala.
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