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EL QUINTO PATIO Entre valor y precio
El episodio entre el presidente y el ex canciller demuestra hasta dónde llega la ambición política y cuánto influye ésta en la decadente institucionalidad actual.
Por:
Carolina Vásquez Araya
Por mucho que hayan querido simular la destitución de Briz como una renuncia –algo normal en cuestiones de Estado– nadie se tragó la píldora. Las desavenencias entre el canciller y el vicepresidente habían trascendido los pasillos del palacio y las actitudes del encargado de política exterior, agregadas a un desempeño nada notable, ya constituían motivo suficiente para declararlo non grato en los círculos más altos del poder.
Ahora, la conferencia de prensa ofrecida por el ex canciller prácticamente confirma las sospechas. Se queja de falta de apoyo y denuncia haber sido víctima de presiones para cerrar su partido, mientras se declara amigo cercano de Álvaro Colom y confiesa haber conservado una relación estrecha con el candidato de la UNE durante muchos años, incluido el tiempo que duró su gestión.
Es sintomática la forma en que de pronto Briz se presenta como víctima de persecución por parte del bloque político que le dio la oportunidad de destacar en uno de los cargos más importantes de la administración de la Gana –posición que si él no aprovechó, es tema para otra historia– y cómo gira su timón hacia derroteros donde hay políticos más proclives a darle cobijo.
Da la impresión de que, sin duda, ha estado desde hace algún tiempo buscando apoyo para conseguir una buena posición en las boletas electorales, no importa quién vaya a su lado ni cuál sea la ideología que sustente su candidatura, si es que hay alguna.
Es ahí donde se revela la abismal distancia que separa los conceptos de valor y precio, cuando de políticos se trata. La mayoría de ellos son individuos carentes de principios –y, por ende, de valores–, pero muy conscientes de ponerle un precio atractivo a su apoyo, a su participación o a su capacidad de negociación, independientemente de cuál sea la corriente a la cual se tengan que adherir para alcanzar sus objetivos.
Para Guatemala, esta clase de políticos constituye la verdadera tragedia. Debido a ellos, el país ha descendido en casi todas las mediciones realizadas por organismos técnicos internacionales.
El nivel de desarrollo humano está por los suelos; los índices de pobreza extrema se acentúan; la delincuencia aumenta y también el rango de sus crímenes; la justicia es prácticamente inexistente, con sus instituciones paralizadas por la corrupción, y sus políticas de desarrollo se reducen a acciones cosméticas, destinadas a conseguir votos en las próximas elecciones.
El panorama se presenta aún más desolador, cuando se constata cuán alto es el precio que paga el pueblo cada vez que entrega el poder a políticos que conocen mucho de precios, pero poco saben de valores.
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