|
VENTANA Crucial decisión
El paso de las barcazas condenaría a muerte a toda la cuenca.
Por:
Rita María Roesch
El pasado martes 28 de noviembre el editorial de Prensa Libre describí con mesura y claridad el problema que tenemos los chapines de decidir qué es más importante para Guatemala: si la extracción y comercialización del níquel en el norte del Lago de Izabal al permitir el paso de barcazas en el Parque Nacional de Río Dulce y el Lago de Izabal, o preservar su bello ecosistema para el turismo.
Esa región puede ser un destino turístico sorprendente, que beneficiaría a cientos de miles de familias de la zona.
Cito a continuación uno de los párrafos del atinado editorial: “Río Dulce y el Lago de Izabal constituyen una joya natural de importancia mundial que debe ser cuidada en lo posible. Esta debe ser la meta última, y cualquier proyecto industrial que quiera ser puesto en práctica necesita girar alrededor de esa idea.
La razón principal para no estar de acuerdo con el criterio de convertir a ese bello río en una vía fluvial industrial es bastante simple. Si se otorga permiso a una compañía, se debe darlo a las demás, y entonces la belleza se pierde, y con ella las razones de los turistas para conocer el área”.
En opinión de gente experta en este tema, el ecosistema de la cuenca del Lago de Izabal-río Dulce está sobrecargado de contaminación biológica y mineralógica. De hecho, la aparición de la hydrilla verticillata en el área no es más que una manifestación de esta sobrecarga y el inicio del colapso del ecosistema en sí. Si a esto agregamos una nueva carga con las filtraciones y descargas minerales y biológicas de la operación minera en El Estor, estamos condenando a muerte a toda la cuenca.
La necesidad económica de la empresa minera de utilizar esta cuenca como vía de transporte puede causar riesgos serios de accidentes fluviales. Un hecho que nos preocupa a los chapines que amamos a Guatemala es que, en la bocabarra de Lívingston, sólo existen cuatro pies de calado, y una barcaza sobrecargada podría rebasar esta profundidad y abrir una brecha en el fondo.
Esto permitiría que el agua salada pasara por debajo del agua dulce, ingresando en la cuenca y modificando el precario balance químico de la misma. El cambio en el balance químico podría resultar en el colapso ecológico de la cuenca y llevar a la pérdida la biodiversidad que aún pervive.
VIDA NUEVA
Pocas veces en mi vida he escuchado a un hombre asumir la responsabilidad de sus actos violentos como Marvin, un hombre joven, de 45 años, casado, con cinco hijos y dueño de un taller de mecánica.
Él me contó su historia y estuvo de acuerdo en que la comentara en la columna de hoy, debido a que el mes de diciembre, con tanto convivio y las fiestas de fin de año, las personas beben más licor de lo acostumbrado. (De cada 100 guatemaltecos, 66 consumen licor. El licor altera los ánimos de las personas que sufren de alcoholismo, y la violencia intrafamiliar se incrementa.)
Marvin: “Los primeros 15 años de casados fueron un infierno. Cada vez que surgía un problema, como la enfermedad de alguno de mis hijos, o no poder pagar la renta, bebía licor hasta 15 días seguidos.
No me importaba insultar a Letty, mi esposa, frente a mis hijos. Si ella me respondía, yo suponía que ella no me quería, y la agredía físicamente”.
“Juan, un amigo, me convenció de que lo acompañara a Alcohólicos Anónimos. Cuando me animé a ir, llegué a un salón donde se reunía un grupo de gente. Escuché de ellos varios testimonios. Me di cuenta de que sus problemas eran muy parecidos a los míos.
Comprendí que yo bebía porque padecía una enfermedad y no porque mi carácter fuera débil. Me ayudaron a reflexionar sobre el propósito de mi vida. Ya cumplí 10 años de sobriedad. Mi vida y la de mi familia ha cambiado totalmente. Ahora sé que Letty sí me quiere.
Su actitud recia fue la que protegió a nuestros hijos de mis terribles rachas de violencia”.
“¿Sabe?”, terminó diciéndome con una emoción profunda y la voz grave, “antes, ¡el problema era yo!”.
|