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TIEMPO Y DESTINO ¿México dividido por los políticos?
Causas del fenómeno izquierdista latinoamericano.
Por:
Luis Morales Chúa
Algunos comentaristas internacionales insisten en afirmar que los resultados de las elecciones presidenciales en México han dejado dividido a ese país.
En verdad, siempre lo ha estado y por mucho tiempo seguirá dividido.
Los citados comentaristas toman como punto de partida la existencia de un gobierno institucional, presidido por Felipe Calderón, y otro paralelo, no oficial, encabezado por Andrés Manuel López Obrador, candidato derrotado en la contienda reciente.
Pero lo cierto es que uno de los dos no es gobierno, sino una manifestación de la dinámica partidista que, en este caso, coloca frente a frente a un partido que representa a grandes sectores populares y otro que es portaestandarte de la opulencia conservadora.
Y en una correcta interpretación de los hechos, no debe hablarse de una división de México ni de los mexicanos, porque el Estado permanece por encima de las corrientes políticas, sea cual fuere la importancia de éstas, de sus éxitos y de sus fiascos electorales.
Lo mismo sucede en todo el mundo, porque el sufragio desemboca siempre en el posicionamiento de dos corrientes partidistas mayoritarias: demócratas y republicanos, en los Estados Unidos de América; conservadores y laboristas, en Gran Bretaña; socialistas y liberales, en España; socialistas y empresarios en Venezuela; liberales y conservadores, en Colombia, etcétera. Y, en términos muy generales, entre izquierdistas y derechistas.
El problema, sin embargo, consiste en definir qué es actualmente la izquierda.
La diferencia -dicen algunos- consiste en que la izquierda tiene como fin fundamental la igualdad; la derecha, en cambio, se bate por el principio de libertad. Definición que resulta chocante para quienes repudian el igualitarismo en cualquiera de sus expresiones. ¿Igualdad? -preguntan airados-. ¿Cuál igualdad, si todos los seres humanos somos diferentes? ¿Igualdad económica? ¡Nada! ¿Cultural? ¡Imposible! ¿Social? ¡Menos!
Y si bien no puede encontrarse pensamiento más ordinario que ése, cierto es que responde a una definida corriente política que casi siempre ha triunfado en todas las elecciones, sean democráticas o antidemocráticas. Pero los principios de igualdad y libertad no se contraponen.
Están indisolublemente unidos, aunque de poco sirvan en la práctica, cuando sobre la razón impera la arbitrariedad; el abuso de poder y la intolerancia, sobre el Derecho.
“En Guatemala -dice el artículo 4o. de nuestra Constitución Política- todos los seres humanos son libres e iguales en dignidad y derechos”.
Y se trata de un texto elaborado por políticos entre los cuales no había izquierdistas. ¿Qué es lo que sucede entonces, electoralmente, estos años en varios países latinoamericanos? Es el predominio de necesidades sociales sobre conceptos políticos; el despertar de los pueblos indígenas; un pulso electoral entre pobres y ricos, entre la escasez y la abundancia, como es evidente en Ecuador, por la lucha cívica entre el multimillonario derechista Álvaro Noboa, considerado el hombre más rico de su país, y el izquierdista Rafael Correa, proveniente de una familia de clase media baja, que nunca tuvo un automóvil y durante muchos años no pudo comprar un televisor a color.
Es lo que el editorial de Prensa Libre, en su edición de ayer, expresa con estas palabras: “Mientras haya estómagos vacíos -por el hambre- y seres humanos heridos en su dignidad -a causa del racismo y la discriminación-, serán infructuosos los esfuerzos por conducir el país hacia el desarrollo sostenido y la convivencia armónica y pacífica”.
Eso es. Nuestros países no están divididos por la política, sino por la opulencia de unos pocos y la pobreza de todos los demás. Y eso marcará, quiérase o no, las elecciones durante el presente siglo, en todas partes. Guatemala ha tomado ya ese camino.
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