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Sus vidas penden de una mecha
Con sus cuerpos teñidos de gris, por el contacto con la pólvora, trabajan jornadas de hasta seis horas en la fabricación de petardos. Sus familias son conscientes del peligro, pero es la única manera de sobrevivir
Por:
Carlos Menocal
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| Los hermanos Sinay trabajan por la mañana en la fabricación de artefactos pirotécnicos. Por la tarde asisten al curso de vacaciones que respalda una organización italiana. Foto Prensa Libre: Mario Linares. |
Poco a poco, al amanecer, la vivienda de Juan Sinay, construida de lámina, cartones y lepa, empieza a transformarse en una pequeña fábrica clandestina de artefactos pirotécnicos. La familia, que reside en el caserío Cerro La Granadilla, El Ciprés, San Raymundo, trabaja y duerme en el mismo lugar.
Comparte con la pólvora -elaborada principalmente con clorato de potasio- sus sueños y pesadillas. Un mal proceso, un descuido o la inquietud de los niños, puede convertir la casa en un infierno.
Sinay es consciente del peligro que representa para sus hijos trabajar en la fabricación de cohetillos, pero asegura: “No podemos hacer otra cosa. Aquí no hay trabajo”.
Durante un recorrido efectuado la semana última, Prensa Libre pudo constatar que, pese a que esa actividad está prohibida, la vida de estos niños sigue pendiendo de una mecha.
Trabajan medio día y por la tarde acuden a la escuela de vacaciones que la asociación italiana Sulla Strada creó para que se alejen del fuego, al menos, durante media jornada.
Juan respalda el proyecto. “Estoy consciente de que deben estudiar, pero hay que trabajar para sobrevivir. Ojalá con el diploma se abran camino”, señala.
Cruz Zurdo, profesor de la escuela, cuenta que el 90 por ciento de los estudiantes que viven allí siguen trabajando en la fabricación de cohetes. “El 80 por ciento de ellos viene al curso. Son entre 125 o 130”, refiere.
No todos tienen esa suerte. Para estas fechas, el 90 por ciento de las familias de ese municipio y de San Juan Sacatepéquez los incorpora para fabricar cohetes. Ambos lugares fabrican el 90 por ciento de ese producto a escala nacional.
El año pasado, los cuerpos de socorro reportaron que siete niños sufrieron quemaduras y tres murieron en coheterías clandestinas.
Cifras alarmantes
Según las estadísticas de la Procuraduría de los Derechos Humanos y la Organización Internacional del Trabajo (OIT), más de siete mil 791 hogares de esas comunidades están vinculados a esa labor. Unos tres mil 709 menores fabrican cohetes, morteros y canchinflines.
Sergio Morales, procurador de los Derechos Humanos, califica de grave la situación. “El niño pierde sus opciones de jugar, de ser educado. Si bien la familia resuelve su problema inmediato, condiciona su pobreza y su círculo grave durante toda su vida”, sostiene.
El Procurador señala que el problema es que el trabajo clandestino de menores origina explotación, riesgos laborales y contaminación, por la pólvora.
Todo ello ocurre año con año, pese a que Guatemala ratificó el Convenio 182 de la OIT, donde se comprometió a abolir las peores formas de trabajo infantil, incluida la pirotecnia.
San Juan Sacatepéquez y San Raymundo siguen igual o peor, porque las fábricas impulsadas por organismos internacionales fracasaron, debido a la apatía de la población.
El viceministro de Trabajo, encargado del área de Previsión Social, Rodolfo Colmenares, reconoce: “La gente explota a los niños”.
Cuando cualquier autoridad llega a esos municipios, no encuentra a los menores trabajando. Los padres, asegura Colmenares, los esconden y se niegan a ser entrevistados.
“Nuestros inspectores tienen problemas para obtener información. No podemos ingresar en una casa porque nos acusan de allanamiento”, explica.
El defensor del pueblo dice que una investigación de la Unidad de Análisis de esa entidad reveló que los pobladores esconden a las personas que se han quemado o sufrido un accidente en las fábricas clandestinas.
“Se descubrió que casi todas las personas que resultan quemadas por dedicarse a esta tarea no llegan a hospitales, sino que hay casas donde las atienden. Allí las dejan tiradas en petates, rodeadas de moscas, sin agua y con altos grados de quemaduras”, añade Morales.
Un caso ocurrió hace dos años, cuando los pobladores de la aldea Cerro Alto se negaron a trasladar a los niños José, Dora y Jeremías Cotzajal Canel, a quienes habían ocultado luego de que se quemaran al fabricar petardos.
Las distancias de las comunidades y el camino de terracería favorecen estas acciones.
Walter Sosa, bombero voluntario asignado a la región, cuenta que han detectado cerca de 10 aldeas que continúan esta actividad, pese a las pláticas preventivas.
Su preocupación es más evidente cuando cuenta que en San Raymundo, por ejemplo, no existen motobombas; la única que hay tiene dañado el sistema de extracción de agua. La estación de bomberos tampoco tiene extintores ni equipo especial para combatir incendios.
“Si ocurre una explosión, debemos llamar a la estación (de bomberos) de San Juan Sacatepéquez. Mientras ellos llegan, empezamos a prestar los primeros auxilios”, reconoce.
Érick Campos, docente de Sociología de la Universidad de San Carlos, opina que el Gobierno debe ofrecer otrasopciones de trabajo; de lo contrario, la actividad continuará, tal y como lo ha hecho Juan Sinay desde hace 25 años, cuando aprendió el oficio.
“Tengo un patojo de 20 años. Ya se casó, pero sigue en el trabajo”, afirma Sinay, y añade que no le han ofrecido alternativas.
Una luz para la educación
En medio de la desesperanza, existe una agrupación italiana que ayuda a los niños trabajadores de la pólvora.
Se trata de la asociación Sulla Strada, que ha desarrollado programas de educación y orientación a los menores que se exponen en las coheterías, en San Raymundo.
La sede del grupo se encuentra en el caserío Cerro la Granadilla, El Ciprés, San Raymundo.
Tarea difícil
Cruz Zurdo, profesor del curso de vacaciones, reconoce la dificultad de convencer a los padres de familia de que permitan a sus hijos asistir a la escuela y únicamente trabajen medio tiempo en las fábricas de cohetes.
“Es difícil trabajar con los padres, porque la fábrica es lo único que tienen. Para estas fechas, los menores ayudan, debido a la creciente demanda de juegos pirotécnicos. Gracias a Dios, los padres han tomado conciencia desde que empezamos con el programa”, cuenta Zurdo.
El proyecto recién adquirió ocho manzanas de terreno, donde habrá instalaciones deportivas para los niños de la comunidad.
También contarán con un área para hortalizas comunitarias. Según Zurdo, con ello iniciarán un programa alterno, para que las familias tengan otras opciones de trabajo.
Juan Sinay tiene cinco hijos en este proyecto. Todos trabajan en la fábrica de cohetes, pero él dice que está consciente de que la única forma de abandonar ese oficio es la educación.
Sinay ha decidido sacrificar la productividad por la educación. Ahora, sus hijos trabajan medio tiempo y acuden al curso de vacaciones.
“Son ingresos de menos, pero yo sí quiero que mis hijos estudien y se superen. Yo he elaborado cohetes durante 25 años, y no me gustaría que ellos vivieran así”, enfatiza.
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