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CATALEJO La muerte como tema de alegría
La muerte de Pinochet me hizo pensar en la manera como se debe reaccionar cuando se termina la vida de gente como él.
Por:
Mario Antonio Sandoval
EL DOMINGO PASADO, la muerte de Augusto Pinochet me hizo pensar en dos aspectos. Uno, lo inevitable de la finalización de la vida humana. Todos nos moriremos algún día y no podemos hacer nada al respecto. Y dos, si la muerte es también una liberación y la manifestación evidente de la voluntad del Juez Supremo, ¿cuál debe ser la actitud correcta cuando muere alguien a quien queremos o a quien no admiramos, o incluso odiamos por razones talvez válidas o talvez incorrectas? Cuál es, en palabras más sencillas, el imperativo moral ante estos casos. Detenerse a pensar un poco en esto no implica de manera alguna aceptar o apoyar las acciones de quien ha muerto, ni tampoco cubrir con un velo de olvido y de perdón sus actos reprochables.
ANTE LA MUERTE, UN HECHO natural y fatal, es decir, sin posibilidades de cambio, la cualidad humana de la razón debería permitir a hombres y mujeres asumir una posición de hacer un alto en el camino y aceptar esa parte de la vida como uno de los factores imposibles de controlar. Pero no es así. A muchas personas les es imposible evitar colocarse en una actitud de pena y de dolor exagerados porque se cumpla el ciclo de la vida. Pero también es posible lo contrario: la manifestación de alegría por el hecho de la muerte en sí misma. Como si fuera un castigo, como si no todos fuéramos a morir. Esa actitud, al ser analizada con un poco de serenidad, resulta inaceptable y hasta cierto punto la comprobación de un alto nivel de inmadurez.
PENSÉ EN ESTO AL VER LAS fotos, tanto de quienes lloraban la muerte del ex dictador chileno, como de quienes bailaban por las calles de Santiago. Me parece más lógica, porque es explicable, la actitud de quienes lamentan este desenlace porque no permitió el castigo de quien violó los derechos humanos de tantos de sus conciudadanos. Obviamente, los juicios y demás instancias legales dentro y fuera de Chile, deben mantenerse si hay otras personas acusadas, porque tales juicios le permiten funcionar al sistema legal. La muerte no es necesariamente un sinónimo de perdón. Los hechos históricos de los cuales se le acusa están allí y no pueden ser cambiados. Cambiará nada más, con el paso del tiempo, el nivel de emotividad para juzgarlos.
EL JUICIO DE LA HISTORIA es más duro, por ser definitivo. Conforme pasa el tiempo, se pueden explicar las verdaderas causas de las acciones de los grandes personajes de la historia, entre los cuales caben por igual Pinochet o Fidel Castro. La enfermedad del dictador cubano hace pensar en su fallecimiento dentro de un tiempo imposible de ser largo. De hecho, estos dos gobernantes ya son parte de la historia latinoamericana. Pasó su hora. Por eso también me causaría incomodidad ver a gente bailando en las calles de Miami cuando se sepa del fallecimiento de quien gobernó Cuba durante 47 años, antes de demostrar ser nada más un ser humano, pese a todos los amores, los odios, los honores, independientemente de su justificación o no.
ESTA ACEPTACIÓN DE LA muerte no debe implicar un cambio en la actitud personal de uno respecto de quien muere. Señalar esto no es contradictorio, pero por decirlo de otra manera, el odio y el amor deben terminar en un determinado momento. Y la muerte es un buen punto para hacerlo. Con Pinochet se demostró lo evidente: los dictadores son, además, corruptos. Quien manda a matar, o mata, roba también. Punto. Esa verdad será imposible de explicar para quienes aún ahora lo lloran, como lo hacen quienes consideran su muerte como una mala suerte para la justicia. Esto es solo una pequeña prueba de cómo son de complicados los temas relacionados con dictadores y, en general, presidentes y mandatarios de este convulso continente.
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