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LETRA CON FILO ¿Cuál proceso de paz?
¡¿De que compromisos de paz hablamos?!
Por:
Miguel Angel Sandoval
Ahora que desde el Gobierno se festejan los 10 años de la firma de la paz, valdría la pena preguntarse de qué proceso de paz hablamos, pues para ser francos, los compromisos de la paz siguen en su mayoría durmiendo el sueño de los justos.
Es algo que decía en mi libro La paz precaria, publicado en el año 2000, al vaticinar que al menos como discurso los compromisos de la paz seguirían manteniéndose, pero sin abordar lo sustantivo de sus contenidos. El discurso de la paz como algo ritual. Es eso lo que hemos visto desde esa fecha.
Si hacemos un balance real, resulta que hoy día el clima de paz no existe en el país. Asistimos a una guerra de otro tipo, es cierto, pero no menos violenta. Me refiero a los altos índices de violencia que, en el colmo de las paradojas, arroja más víctimas por día que la guerra de Irak, que conoce una guerra de ocupación y cuenta con guerrillas de todo signo. Estos datos son de suyo preocupante.
Es cierto que en nuestro país la violencia, por razones de orden político, no es lo cotidiano, aunque hay una especie de recaída. Son muchos los activistas que han sido asesinados de manera poco clara, pero sobre todo, sin que existan investigaciones que den con el paradero de los responsables y que todos los casos sigan en la más absoluta impunidad.
De igual manera, hay asesinatos de personajes vinculados a los partidos políticos del más diverso signo, y en todos los casos hay total falta de investigación y menos procesos que hagan justicia. Por ello, ¿de cuál proceso de paz hablamos?
Los compromisos de la paz, en su mayoría, son letra muerta. Los objetivos en materia económica no vieron la luz en estos años. Sea lo fiscal, lo agrario, o las tasas de crecimiento.
De igual manera, lo relacionado con los aumentos sustantivos en las políticas sociales como educación o salud. Menos en lo que corresponde a los derechos de los pueblos indígenas, en donde apenas hay unos cuantos programitas para darles chamba a unos cuantos funcionarios indígenas. Es la cruda realidad.
Otras reformas planteadas no se impulsan. Así, las reformas al sistema de justicia no encuentran concreciones. Igual ocurre con la reforma educativa que, desde donde se vea, sigue siendo una aspiración. La reforma política es asignatura pendiente.
Salvo las tres leyes dedicadas a una mínima reforma del Estado, que se expresa en la Ley de Consejos de Desarrollo, de descentralización y en las reformas al Código Municipal, pero que no cuentan con los recursos necesarios para trascender del ámbito de la formulación legal.
La reforma a la Ley Electoral y de Partidos Políticos ha conocido reformitas que no van a fondo del problema y, en el último tiempo, el registro nacional de población, se queda sin fondos y el próximo proceso electoral no alcanza a generar las garantías ciudadanas, pues no tiene recursos solicitados.
En suma, se trata de algo pendiente. Pero lo más grave de esto es que no se pudo concretar una democratización del sistema de partidos políticos que siguen siendo caudillistas, clientelares y profundamente antidemocráticos.
Por este conjunto de razones, ¿de qué compromisos de paz hablamos? Y para ponerle la tapa al pomo, nos enteramos que el Ejército sigue con demandas crecientes en presupuesto, dando como resultado una violación flagrante a lo establecido en los acuerdos de paz, que son acuerdos de Estado, ley de la Nación, que se violan y no se implementan, al tiempo que la inseguridad ciudadana crece a ojos vistas.
Por este conjunto de hechos, pero sobre todo, por la inexistencia de un clima de paz, es que uno se pregunta con toda legitimidad: ¿qué se está festejando por el Gobierno? Como negociador del proceso durante años, creo que no hay nada qué festejar. Por el contrario, es tiempo de reflexión sobre las causas que no han dejado que los acuerdos sean la agenda que el país demanda con urgencia.
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