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Guatemala, sábado 23 de diciembre de 2006

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Opinión

EDITORIAL
Tiempo para ser solidario

La existencia humana se caracteriza por el acopio de ironías, como la dicotomía de la prosperidad y la pobreza, particularmente resaltada en esta época de derroche para aquellos con capacidad de darse ese lujo, y de escasez lindante en la miseria para muchos cuya vida se ha visto dominada por la tragedia.

Abundancia y carencias no son, con todo, atributos propios de lo material, pues también gravitan en el mundo de las paradojas cuando se hace la inferencia con lo espiritual.

En este ámbito, seres con bienes y fortuna amasados viven sumidos, sin embargo, en una profunda soledad; y a la inversa, hay desposeídos con una existencia venturosa, porque la paz íntima como fruto de su amor a Dios y su dependencia de su voluntad constituye su más invaluable tesoro.

El universo está, pues, poblado por tres tipos de personas: las prósperas en lo material, pero pobres en espíritu; las limitadas en bienes mundanos, aunque favorecidas con riqueza espiritual, y aquellas de uno y otro entorno, capaces de ser felices y de vivir en plena armonía con sus semejantes, indistintamente del tamaño del peculio en disfrute.

Los guatemaltecos capaces de ser felices sin importar su condición económica y social son los llamados, en esta Navidad, a convertirse en los samaritanos de sus semejantes, por medio de compartir con ellos aquellos presentes capaces de prodigar felicidad.

Hospitales, hospicios, asilos, cárceles y hasta las mismas calles son, en estos días y siempre, los escenarios perfectos para compartir amor y esperanza con los connacionales privados de felicidad.

Algunos estarán urgidos de lo material, y anhelan degustar alguna vianda de las propias de la época. Otros talvez las tengan y sólo necesitan recibir un gesto de aprecio y solidaridad.

Un abrazo, un apretón de manos, una sonrisa o una frase calurosa pueden ser suficientes para cambiar sus penas y su frustración por ilusiones, y para recuperar su confianza en la posibilidad de un mañana mejor y la esperanza de encontrar la paz cuando amaine la tormenta.

Un mendrugo en manos de un indigente o un niño de la calle, una frazada en estos días de frío para cubrir la desnudez de quienes tienen los áticos por hogar, o una moneda a disposición de un desvalido, un anciano, una viuda o un huérfano, harán un milagro de amor de doble beneficio, porque la felicidad no sólo la disfruta quien recibe, sino también quien da sin esperar nada a cambio.

De nada sirve recordar el nacimiento de Jesús como la suprema manifestación de amor de Dios hacia la humanidad, si se carece de la capacidad para entender la dimensión de aquel gesto compasivo y de la voluntad de imitarlo, aunque sea en su más pequeña expresión.

Sin amor, el ser humano es –como bien lo dijo San Pablo– un metal sin valor. Y henchido de él le encuentra sentido a la existencia, especialmente cuando llega a entender lo esencial de la solidaridad en un mundo compartido.

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