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Niñez en penumbra
Uno de cada 100 niños sufre depresión, y casi la mitad de ellos recae en la etapa adulta
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| Las víctimas del acoso o violencia escolar casi siempre son adolescentes pasivos, con tendencia a la ansiedad o depresión. |
(Por María Jesús Ribas). – El entorno violento favorece un comportamiento similar en niños y jóvenes, que a la larga, deriva en conductas como la crueldad escolar y acoso que padece alrededor del cuatro por ciento de los adolescentes.
Además, se estima que uno de cada 100 niños sufre depresión, y casi la mitad de ellos recae en la etapa adulta.
Dura realidad
Para muchos infantes y adolescentes la fase de la vida que atraviesan no es la mejor de todas, como se empeñan en decirles los mayores, quienes suelen recordar con nostalgia los años en que disponían del día para jugar y divertirse con los amigos, libres de horarios, trabajos y compromisos.
“Los niños y adolescentes que están en contacto o viven en un ambiente agresivo tienen más posibilidades de desarrollar un comportamiento también violento”, explica el doctor Francisco Díaz Atienza, del servicio de siquiatría infanto-juvenil del hospital Virgen de las Nieves de Granada, España.
Este especialista ha coordinado un trabajo, efectuado por siquiatras de Granada, y dirigido a mil 100 adolescentes andaluces de 11 a 17 años, para conocer las circunstancias en las que se produce la tirantez en el entorno escolar y más concretamente, el acoso, una conducta de agresión física o síquica continuada entre compañeros.
A todos los jóvenes se les entregó un cuestionario en el que se indagaba sobre posibles conductas de maltrato e intimidación en su entorno y sobre la sicopatología asociada a dichas acciones: depresión, consumo de drogas, tendencia a autolesionarse, etc.
Los resultados
Según Díaz Atienza, en cerca del cuatro por ciento de los adolescentes se observó que el agresor es un adolescente con dificultades de adaptación escolar, consumo de drogas elevado, y líder de grupo en la mayor parte de los casos.
En cuanto al ambiente familiar, la violencia puede condicionar la aparición de comportamientos agresivos en el niño. Se sabe que tener padres abusivos o vivir episodios violentos es muy alta en menores con dichos trastornos. No obstante, “uno sólo de estos factores no explica el trastorno disocial, sino la confluencia de todos”, afirma el especialista.
Aunque el acoso, también denominado bullying ha sido estudiado y se conoce desde hace tiempo en Gran Bretaña, Suecia y Noruega, es un fenómeno sobre el que ahora se está profundizando en España, debido a los diferentes casos de suicidio ocurridos en adolescentes como consecuencia de verse sometidos a esta intimidación. De hecho, la dureza escolar está aumentando en términos generales: hacia el profesor o el mobiliario.
La posible causa de este fenómeno, según Díaz Atienza, puede deberse a la obligatoriedad de la escolarización. “Hace unos años, los adolescentes que presentaban problemas de adaptación escolar, aquellos que tenían un perfil más propenso a la brusquedad, abandonaban la escuela y no provocaban mayores problemas. Además, la sociedad actual es más violenta, un fenómeno presente en cualquier situación”.
Otros datos
Las víctimas del acoso o violencia escolar, que son quienes acuden a consulta del siquiatra infanto-juvenil, por lo general son adolescentes pasivos, con tendencia a la ansiedad, a la conducta autolítica —hacerse daño—, a la depresión, inseguridad, y con autoestima baja.
Llegan con miedo y lo primero que hace el siquiatra es procurar que puedan contar lo que les ocurrió, para después, propiciar las condiciones en el entorno que eviten la repetición de dicho episodio.
Las víctimas
Debido al temor y a la circunstancia con la que viven, estos pequeños presentan además, dolor abdominal y cefaleas. Son niños aislados socialmente, que necesitan ser tratados por medio de sicoterapia y en algunos casos con el apoyo de fármacos.
La violencia no es el único problema emergente a edades tempranas. Casi la mitad de los niños que ha sufrido una depresión grave en su infancia puede recaer en la adolescencia o en la edad adulta, según la doctora Rafaela Caballero, profesora de siquiatría y siquiatría infantil de la Universidad de Sevilla.
“Son depresiones severas que si no se trataran adecuadamente, se traducen en una tasa de recaída del cien por cien. Al mismo tiempo, su abordaje terapéutico puede evitar el riesgo de suicidio que ocurre en la adolescencia”, señala.
Estos datos se desprenden de un estudio coordinado por Caballero y efectuado en una población que 10 años atrás había sido atendida en un servicio de siquiatría infanto-juvenil aquejada de depresión y otros trastornos afectivos.
A principios del siglo XX, la depresión sólo se diagnosticaba a partir de los 20 años, pero desde el último tercio de la pasada centuria, ha comenzado también a diagnosticarse en menores de 12 años.
“Probablemente el cambio social y familiar que nos rodea y la forma en que ha evolucionado la sociedad, determinan un mayor estrés en la infancia y la adolescencia y facilitan la aparición de más trastornos siquiátricos en niños y adolescentes”, explica Caballero.
“El temor e inseguridad es usual en chicos que han sufrido violencia mental o física”. - Francisco Díaz, médico.
Rotunda tristeza
Casi uno de cada cien niños sufrirá depresión, mientras que en los adolescentes, esa cifra fluctúa entre 3 y el 7 por ciento. En el caso de las adolescentes, la cantidad se duplica debido, entre otras razones, a factores hormonales, cambios biológicos o la ansiedad desencadenada por la nueva etapa que se atraviesa.
Los principales acontecimientos vitales que favorecen la depresión infantil tienen que ver con abusos sexuales o maltrato, la muerte de un pariente muy cercano o estar rodeado de un entorno familiar que presenta disfunciones.
Un chico con depresión padece cambios en su humor. Es apático, irritable, se queja de molestias en el cuerpo, se aburre, no disfruta de las cosas como lo hacía antes, llora, se aísla.
En la adolescencia, experimenta sensación de tristeza y sufrimiento, cambios de humor más marcados y alteraciones en su comportamiento en el colegio. El primer paso que deben dar los padres es acudir al pediatra que derivará el caso al especialista.
Esta patología se aborda con una sicoterapia con enfoques individual, familiar y grupal y, en los casos en que esté indicado, con tratamiento farmacológico.
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