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EL QUINTO PATIO Como si fuera otro país
Los informes publicados por el Gobierno constituyen, además de un gasto innecesario, un himno a la autocomplacencia.
Por:
Carolina Vásquez Araya
Sería interesante cuantificar cuánto gasta el Estado en propaganda propia. En su infantil esfuerzo por tratar de convencer a la ciudadanía de que todo lo actuado en los últimos dos años es un éxito rotundo, edita un suplemento diseñado y escrito con el único objetivo de convencer a los guatemaltecos que no confían en la Policía, de la bondad de los organismos de seguridad o de endulzarle las cifras a ese rotundo 85 por ciento que, de acuerdo con la encuesta de Borge y Asociados, ve el desempeño de este gobierno igual o peor que el de Portillo.
Desde que se inició la era democrática, los gobernantes han confiado en los milagros del mercadeo y la publicidad porque gracias a sus artes no siempre claras, han conquistado sus cargos.
Aunque es preciso reconocer que esas estratagemas no dejan de tener efecto, es importante señalar que al final de nada les han servido los trabajos de imagen cuando entregan el poder ante un pueblo frustrado, decepcionado y cada vez más empobrecido.
Es imperioso recordarles a los funcionarios que el pueblo no come poesía. Las promesas que en su momento sirvieron como plataforma de lanzamiento a los candidatos, deben transformarse en realidades tangibles después del primer año de administración. De otro modo es un fraude, así de simple.
Los políticos parecen no darse cuenta de que sus afirmaciones, esa retórica que tanto les ha costado dominar y de la cual se sienten tan orgullosos, no les sirve de nada cuando la gente enfrenta las cosas tal como son.
Al ciudadano común le pueden mostrar cuadros estadísticos, planes de desarrollo y fotos de obras recién inauguradas, que su único parámetro de comparación será su entorno inmediato y su propia calidad de vida. Si ésta se deteriora, entonces el Gobierno no ha cumplido.
Esto no es desdeñable ni denota, necesariamente, un bajo nivel en el criterio que utiliza el pueblo para calificar a sus gobernantes. En los países desarrollados sucede lo mismo, con la diferencia de que a mayor información y cultura general -lo cual es resultado de su acceso a la educación y un mejor nivel de vida- más se amplía la perspectiva para juzgar el desempeño del Gobierno.
En tanto no exista libre acceso a la información dentro del aparato estatal, cualquier afirmación de los burócratas no pasará de ser propaganda. A la población hay que darle información objetiva y ésa no puede venir de los despachos ministeriales ni de la oficina de comunicación del gobierno de turno.
Debe provenir de la investigación de medios de comunicación responsables y serios, cuyo compromiso con la verdad no esté empañado por un compromiso político.
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